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Sábado 23 de mayo de 2026 - 01:00 AM

Los noes

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Ahora se habla mucho en las campañas electorales de los de “nunca” contra los de “siempre”. Curiosamente, no encuentro entre los candidatos a verdaderos habitantes del “nunca”. Unos más, otros menos, por los laditos o debajo de las mesas, casi todos han transitado por el establecimiento. Pero quienes solamente votan encuentran vacía la bolsa de los síes. El buzón donde se depositan las propuestas concretas se quedó sin nada para dibujar el país posible. Lo que va quedando claro son los rechazos, los noes.

Hay un rechazo casi unánime a una paz improvisada, ingenua, buscada sobre superfluas intenciones que no se acompañan de un método de negociación verificable y efectivo. A eso, un definitivo no. Pero también crece otro “no”: el de quienes tampoco quieren la pacificación a bala. Ninguna de las dos fórmulas nos llevó a nada. Quien pregunta por qué dialogar si eso no funcionó, olvida que llevamos siete décadas matándonos y tampoco sirvió. Alguien dijo recientemente: “¿Por qué tanta paciencia para la guerra y tan poca para el diálogo serio?”. Como diría Sabina: “Que el diccionario detenga las balas”. El romanticismo del acercamiento sin método ni estrategia es peor que nada. Así, la supuesta negociación termina siendo impunidad servida en bandeja barata.

Tampoco la gente querría reanimar la cultura ‘traqueta’ —salvo los ‘traquetos’, que lamentablemente no son pocos—. Deberíamos estar hartos de las motivaciones oscuras, de ese mohoso machismo y de esa noción de que el billete reemplaza a la ley, a las instituciones y hasta a la decencia. Ya pagamos por eso una factura altísima en sangre, infección social y derrumbamiento institucional. Hay desgracias históricas que deberían inmunizar a un país, y la afición por el atajo, las puertas traseras y las cadenas de favores cobrables son algunas de ellas. Y tampoco entusiasma el regreso de políticos roñosos, debajo de cuyos tapetes ya no cabe más basura; a quienes les resulta incomprensible el nuevo país, plural, impaciente y, por fin, reacio a la domesticación. A esos decadentes no les cabe la Colombia actual entre las sienes. El que venga debería estar libre de lastres coloniales, abierto a la nueva era.

Cada quien votará inspirado por el “no” que más represente sus miedos. Y quizás hagamos una elección por descarte, un ejercicio dizque democrático, pero de rechazos. Nada programático ni constructivo, más bien todo reactivo, combativo. Tristemente no hubo propuestas, solo eslóganes vacíos. El mandatario, en democracia, es alguien que recibe el encargo de hacer un mandado. No es un monarca, sino apenas un servidor con tareas concretas. Pero esta vez estamos yendo a elegir, simplemente, al mandadero del ‘no hacer’; así va a ser difícil esperar o exigir demasiado.

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