“Las encuestas son como las morcillas: son muy sabrosas, pero es mejor no saber cómo las hacen”, decía Álvaro Gómez Hurtado. Y, viendo la guerra de encuestas y sondeos que vive hoy Colombia, la frase parece más vigente que nunca.
A pocos días de las elecciones presidenciales, las encuestas dejaron de ser simples fotografías del momento político; ahora parecen protagonistas de la campaña. Cada firma publica resultados distintos, cada campaña celebra la que más le favorece, y las redes sociales convierten cualquier porcentaje en tendencia, verdad absoluta o motivo de angustia colectiva.
Hoy no solo se disputa la Presidencia; también se disputa la percepción de quién puede ganarla.
Y eso no es menor, porque muchos ciudadanos ya no están votando necesariamente por quien más los convence, sino por quien creen que “sí tiene opción”, lo que llaman voto útil. Lastimosamente, la discusión dejó de centrarse en las propuestas, la trayectoria o la capacidad de gobernar, y empezó a girar alrededor de quién sube, quién baja y quién pasa a segunda vuelta.
Basta recordar lo ocurrido en 2022. Por esta misma época, varias encuestas mostraban una competencia marcada entre Gustavo Petro y Federico Gutiérrez, mientras Rodolfo Hernández aparecía varios puntos atrás. Por ejemplo, la encuesta Guarumo arrojó que Petro obtenía el 37,9 %; Fico, el 30,8 %; y Rodolfo, el 20,3 % de intención de voto. Por otra parte, Invamer publicó que Petro lograba el 40,6 %; Fico, el 27,1 %; y Rodolfo, el 20,9 %.
Sin embargo, la realidad terminó contando otra historia: Petro, 40,3 %; Rodolfo, 28,1 %; y Fico, 23,9 %. Rodolfo no solo superó a Fico, sino que pasó a segunda vuelta por casi 900 mil votos de diferencia.
Eso demuestra que las encuestas son útiles, pero no infalibles. Sirven para entender tendencias, medir ambientes y leer comportamientos, pero no son una sentencia definitiva; mucho menos en tiempos donde las emociones cambian votos en cuestión de días y donde las redes sociales aceleran fenómenos políticos difíciles de medir.
El lío no es que existan encuestas; las democracias modernas las necesitan. La dificultad aparece cuando dejan de intentar interpretar la opinión pública y comienzan a influir sobre ella o, peor aún, a manipularla. Ahí es cuando el ciudadano siente que más importante que elegir bien es “no perder el voto”; cuando el marketing político reemplaza el debate serio y la percepción empieza a pesar más que la realidad.
Afortunadamente, empieza la veda de encuestas, y quizá ese silencio estadístico le haga bien al país. Porque, al final, más importante que cualquier sondeo o encuesta será la decisión que cada colombiano tome frente al tarjetón; lejos del ruido, de las tendencias y de la cocina electoral en la que estamos.









