En una semana tendremos elecciones a la Presidencia de la República y, al igual que en otras oportunidades, es la pasión, la rabia o la ilusión lo que motiva el voto, porque difícilmente dedicamos tiempo a explorar los programas y las prioridades que registraron los candidatos y a analizar la viabilidad de su implementación. Muchos me dicen que eso no importa, pero yo insisto en que sí importa y en que debemos hacerlo importar. Además, a falta de debates con los punteros —situación absolutamente indeseable— tampoco podemos conocerlos en escenarios de contradicción. Solo queda el mensaje en redes sociales y en la plaza pública, más motivado por la emoción y el histrionismo que por su conocimiento y capacidad real de enfrentar los problemas y proponer soluciones viables.
Cada vez estoy más convencida de que las ofertas de los candidatos, por atractivas que parezcan, deberían contrastarse con menos odio y más capacidad de argumentación, poniendo la emoción en el refrigerador y dejando el libreto en el escritorio. Solo así sabremos lo que nos espera si tomamos una u otra decisión. Hoy observo que no es ese el debate: ninguno cuestiona lo que otro propone, por absurdo o interesante que sea; nadie valida si es posible hacerlo realidad.
Ante eso, los electores tampoco cuestionamos el contenido y tomamos solo lo que está en la superficie. Hay demasiada pugnacidad entre las campañas, la IA ha hecho estragos y los asesores aprovechan nuestra falta de ecuanimidad para encender el fuego del odio o el miedo. Hace poco, por accidente, pude escuchar un consejo de un asesor político: “Lo único que necesitas es un enemigo a quien atacar y convertirlo en enemigo de muchos. No importa si en realidad lo es; lo que importa es que los electores lo vean como el malvado contra el que debemos luchar. No importa lo que digas, importa que ellos crean que los vas a salvar de algo. Lo que sea…”.
En la situación actual, la cosa se complica más porque las fuerzas están casi 50-50. La rabia o el miedo dominan la decisión, mientras la razón pierde espacio. Sin embargo, quien llegue a ganar tendrá que buscar acuerdos para lograr gobernabilidad. Ningún candidato obtendrá 70 % o más en la votación final y el Congreso también está bastante equilibrado, de manera que habrá que conciliar posiciones y moderar el discurso. Con el nivel de polarización y matoneo de estas campañas, esto parece aún más difícil.
Sé que la objetividad no es sexi en este momento, pero este llamado es a ella. Esta semana deberíamos dedicar más energía al fondo y menos a la euforia. Importa, claro que importa, la viabilidad, la sinceridad y la coherencia de la propuesta.










