Bohemio, irreverente y desmesurado, Porfirio Barba Jacob dejó en Colombia mucho más que recitales y escándalos: dejó una leyenda. A partir de anécdotas, viajes frustrados, discursos memorables y una vida al margen del canon, esta mirada revisita al poeta maldito que Fernando Vallejo rescató del olvido con fervor y admiración.

Publicado por: WALTER ALONSO GÓMEZ CESPEDES, Especial para Vanguardia
Allí, a fines del mes de octubre, dio un recital presentado por Juan Cristóbal Martínez, que no lo conocía ni a él ni a su obra, y que se dio a exaltar a Lugones, a Chocano, a Nervo, a Valencia, y a todos los grandes poetas del continente salvo al que tenia enfrente.
Barba Jacob le comentó luego, a alguien que se acercó a felicitarlo:” Muy bonito el discurso, pero el señor Martínez le paso lo mismo que a un paisano mío que trajeron a conocer a Bogotá, y se pasó todo el tiempo alabando la catedral de Medellín frente al salto del Tequendama”. Le concedió una entrevista a Vanguardia Liberal de Bucaramanga en que decía: “He vivido peligrosamente, aunque si proponérmelo: de ahí mis aventuras y mis leyendas. Creo que he concluido ya el viaje de circunvalación del mundo moral. De regreso de una etapa dolorosa de negación y desprecio de mi mismo, e acabado por reconciliarme con mi propia naturaleza. Pienso, como San Francisco de Sales, que acaso no sea conveniente que exageremos nuestra miseria.
Del pesimismo pase a la melancolía y de esta a la conformidad: indudablemente la vida tiene un hondo sentido místico. Encontrar este sentido, he allí la más bella de mis aventuras”.
Regresó a Bogota. El seis de diciembre dio el recital de Teatro Colón, pospuesto desde hacia casi dos años. Fue el último y más importante de cuantos diera en Colombia. Rafael Maya lo presentó con un brillante discurso que llevaba escrito: “Los que creéis que el poeta ha de parecerse necesariamente al trovador de las estampas románticas, donde las rejas del balcón le cortan la cara a la luna llena, sufriréis sin duda un desencanto cuando aparezca este poeta que en su ultima metamorfosis fue convertido en un ciprés, y que aún esta luchando con la cólera celeste para volver a ser Hombre, aunque del árbol triste le quedan todavía las arrugas, y en el corazón un poco de resina olorosa y amarga. Porfirio Barba Jacob es el acorde musical con que ahora se designa el poeta…” El discurso completo se puede leer en un libro de Rafael Maya, “Alabanzas del hombre y de la tierra”. Barba Jacob contesto con la palabra mas brillante aun, y sin embargo improvisadas.
Actuando como el espléndido que siempre fuera invitaba a Manuel José y a los hermanos Cadavid a comer y a tomar copas en su hotel. Ellos le llevaron a conocer la casa campesina de Gregorio Gutiérrez González, el gran poeta de los primeros tiempos de Antioquia, y el rió Aures al que canta su mas famoso poema. Y un día en la plaza de pueblo, sin tener con que pagarlo ni con que pagar tampoco el hotel de sus invitaciones, tomó un carro expreso y se marcho a Medellín dejándole al hotel en prenda la maleta con sus bellos trajes, y a Manuel José y a los hermanos Cadavid en encargo de recuperárselos. Nunca más volvieron a verlo. el chofer que lo trajo de regreso.
A Medellín contó luego que en el trayecto el carro tuvo un percance, a lo que el ilustre pasajero que ocupaba sus servicios la había comentado: “No se preocupe amigo: se vara un poeta como yo en Sonsón, no se va a varar un carro en semejante carretera …” A la salida del recital de Rionegro, que también fue un fracaso, en una calle unos muchachos insolentes comentaron en voz alta para molestarlo: “Estuvo bastante malo el recital”. Barba Jacob se detuvo y les contesto: ¿Qué quería por cinco centavos, pendejos? ¿Oír la voz de Dios en el Sinai?”
Barba Jacob y Rafael intentaron pasar a Venezuela acompañados del joven político y poeta Venezolano Andrés Eloy Blanco que había conocido en la Habana. Justamente por esa compañía el gobierno de Juan Vicente Gómez les negó la entrada. Este propósito de pasar al país vecino explicala presencia del poeta a Bucaramanga.
Vallejo defiende fervientemente a Porfirio Barba Jacob contra la marginación del canon oficial mexicano, a menudo influenciado por figuras como Octavio Paz. Vallejo reivindica la genialidad y la vida bohemia del poeta colombiano, argumentando que su obra trasciende las exclusiones académicas y su lugar de nacimiento.
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Defensa apasionada: Vallejo presenta a Barba Jacob no solo como un gran poeta, sino como un personaje trágico y maldito, cuya vida y obra encarnan una intensidad lírica que la antología tradicional a menudo ignora.
Crítica al canon: A través de la investigación de la vida de Barba Jacob en México, el autor cuestiona los criterios de selección que dejan fuera a voces fundamentales, sugiriendo una “red estética” que marginaba a autores “incómodos” o inasimilables por el establishment cultural.
La biografía El mensajero funciona como una reivindicación total, contrarrestando el silencio o la exclusión con una narrativa que celebra la intensidad y el dolor presentes en la poesía de Barba Jacob.
















