En los callejones más oscuros del tiempo, donde la muerte guarda sus secretos y los vivos temen mirar de frente, Anastasio Ferreiro, El Sepulturero, aprendió a escuchar aquello que otros preferían enterrar.

Publicado por: Humberto Torres Franco
Exactamente aquí, comienza mi leyenda o, mejor, la leyenda de Anastasio Ferreiro, El Sepulturero: en los recónditos callejones del tiempo, donde las sombras se entrelazan con los suspiros de la humanidad, habitaba un sepulturero singular. Su nombre se desvanecía en los ecos de los tiempos, de las épocas, pero su oficio perduraba más allá de las pestes, las mortandades y los siglos. Era un hombre de semblante imperturbable, con ojos oscuros y profundos que habían presenciado más muertes de las que cualquier alma debería soportar y estaba a punto de superar el tiempo y el espacio.
Su labor consistía en recibir a los difuntos, guiarlos al descanso eterno como había leído en alguna parte que hacía el viejo Caronte llevándolos en su barca a través del río Estigio, cobrándose sólo dos monedas colocadas una sobre cada ojo del occiso, camino del inframundo y, en ocasiones, solo en ocasiones, escuchar sus secretos más oscuros. A medida que el tiempo avanzaba, el sepulturero se convertía en un testigo silencioso de la historia humana, un guardián de las historias particulares, de los amores y los desamores, de los suspiros y de los lamentos que se desvanecían en las brumas del pasado.
En las noches sin luna, cuando los vientos entonaban su siseante canción entre las lápidas y las hojas secas crujían con cada pisada de sus pies, el sepulturero se sumía profundamente en sus pensamientos más secretos. Reflexionaba sobre la fragilidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte. ¿Cuántas historias se habrían llevado consigo aquellos cuerpos ahora inmóviles? ¿Cuántos amores truncados, cuantos sueños rotos y secretos sepultados bajo la tierra? ¿Cuántos conocimientos, experiencias y sabiduría, perdidos irremisiblemente y para siempre en el fondo de un hoyo?
Su rostro, curtido por el tiempo y las inclemencias de su trabajo, no mostraba emoción alguna. Los vivos lo evitaban, temerosos de su presencia. Pero los muertos, esos seres silenciosos y etéreos, encontraban en él un confesor sin juicio. El sepulturero escuchaba sus confidencias, sus remordimientos y sus anhelos no cumplidos; sobre todo eso, sus sueños no cumplidos, casi siempre por falta de valor, por cobardía. A veces, sus ojos se llenaban de lágrimas invisibles al recordar sus propias pérdidas, pero nunca permitía que su voz flaqueara.
Una noche, mientras cavaba una tumba bajo la luz mortecina de una luna que aún no decidía regalar su luz del todo, el sepulturero sintió una presencia inusual; para él fue como el suave aleteo de una mariposa. Al alzar la vista, se encontró con una figura vestida de blanco, con cabellos dorados y ojos que brillaban como estrellas. Era una aparición; un alma que no pertenecía a este mundo ni al siguiente. La figura le sonrió con tristeza y susurró palabras que resonaron con la fuerza de un gran tambor en el corazón del sepulturero.

-¿Por qué sigues aquí, sepulturero? ¿No anhelas descansar?”
El sepulturero no respondió de inmediato. Estaba absorbiendo lo mejor que podía ese golpe. Observó a la aparición con curiosidad y dolor. ¿Quién era ella? ¿Qué secretos cargaba consigo? La figura se arrodilló junto a él y acarició la tierra fresca como si acariciara su cabello.
-“He esperado siglos para encontrarte”, dijo. “Eres el guardián de las almas perdidas, el custodio de los suspiros olvidados, el albacea del dolor y la nostalgia. Pero también eres prisionero de tu propio oficio. ¿No deseas liberarte?”
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El sepulturero sintió un nudo en la garganta. ¿Liberarse? ¿Dejar atrás su deber, su conexión con los muertos? La aparición le tendió la mano y el sepulturero, luego de un momento de dudas que duró una eternidad, la tomó con sus temblorosas manos fuertes, duras y callosas.
-“Ven conmigo”, Anastasio, susurró ella. “Hay un mundo más allá de estas tumbas, un lugar donde los secretos se desvanecen y las almas encuentran paz. Deja atrás tus sombras y tus cargas. Descansa.”
El sepulturero miró una última vez las lápidas, los nombres grabados en piedra, y luego siguió a la aparición hacia la luz. Los suspiros de la humanidad quedaron atrás, y su rostro impasible se transformó en una sonrisa serena. Había llegado el momento de su propia partida, de cruzar el umbral del tiempo y del espacio, hacia lo desconocido.
Y así, en los oscuros callejones del tiempo, el sepulturero se convirtió en leyenda. Su nombre se perdió en los ecos, pero su historia perduraría en los corazones de aquellos que alguna vez cruzaron su camino, porque, al final, todos somos sepultureros de nuestras propias almas, cavando tumbas en el tejido del tiempo y dejando huellas en la eternidad.
Como ya era de su conocimiento, su padre, también sepulturero, le había enseñado el arte de enterrar a los muertos con dignidad. Pero este enterrador no se conformaba con la rutina funeraria. Por un tiempo se perdió de su pueblo, fue transportado y recorrió el mundo, visitó ciudades y pueblos y, en un esfuerzo sobrehumano, se dedicó al estudio de la anatomía, la medicina y la filosofía, materias que habían siempre llamado poderosamente su atención y tenían relación con lo que él hacía; sobre todo, él era un pensador, un filósofo. Y, si se lo preguntan, ¿qué no tenía relación con la vida y la muerte? ¿con el principio y el fin de la vida? ¿El Alfa y el Omega? ¿Acaso no es todo una misma cosa? El decidió un día que debía desvelar esto y mucho más; ser el dueño de estas y otras muchas respuestas más.
Aprendió a leer las estrellas y los signos de los tiempos. Se convirtió en un filósofo y un arqueólogo de la muerte, desenterrando secretos ocultos en los huesos y en las tumbas. Él, conseguiría ser el arquetipo de los sepultureros; un enterrador distópico, por antonomasia.
Por eso, lo primero que hizo fue desvelar su sombra, lo oscuro y negro escondido en su conciencia profunda, y decidió que su ánima tendría una actuación principal en esta representación de su vida. De su nueva vida que recién comenzaba ahora, hasta alcanzar conscientemente el sabio: la encarnación de la sabiduría, un conocimiento profundo y perspicaz del mundo, de la vida, de las cosas, de los demás y de sí mismo.















