Magazín cultural
Jueves 27 de agosto de 2026 - 05:43 PM

La santandereana Yolanda Reyes vuelve a Bucaramanga: “Lo que está en disputa es la atención de la mente humana”

La escritora santandereana Yolanda Reyes regresa a Bucaramanga como invitada de Ulibro 2026. En conversación con Vanguardia habló de los algoritmos, las pantallas, la lectura profunda, su vínculo con Santander y de por qué entregar un libro a un niño sigue siendo “un acto poético y político”.

Yolanda Reyes. Foto:  Suministrada Natalia Espinosa. Filbo/VANGUARDIA
Yolanda Reyes. Foto: Suministrada Natalia Espinosa. Filbo/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Mientras cientos de asistentes caminen por los pabellones de Ulibro, algunos con la mirada fija en sus teléfonos celulares, Yolanda Reyes observará con paciencia. Para la escritora santandereana, la reflexión contemporánea gira en torno al silencio que se pierde paulatinamente en medio de la inmediatez. La velocidad cotidiana exige una atención constante y ella propone defender el espacio de la pausa.

Yolanda Reyes construyó su trayectoria desde la comprensión profunda de la infancia y la juventud. Con títulos emblemáticos como El terror de Sexto B y Los años terribles, consolidó una voz cercana para las distintas generaciones de lectores en el país.

A la creación literaria sumó un compromiso constante con los primeros años de vida al dirigir Espantapájaros, un proyecto enfocado en la formación de lectores desde la primera infancia. Esa labor sostenida le valió en 2020 el Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil.

Veinte años después de la publicación de Pasajera en tránsito, Reyes vuelve a Bucaramanga como una de las invitadas nacionales de Ulibro 2026, una feria atravesada este año por la consigna “Habitemos lo salvaje”. En esta conversación habla de la disputa contemporánea por la atención, de los riesgos del algoritmo, de la literatura como refugio frente a las certezas y de ese territorio santandereano del que, dice, nunca terminó de irse.

A Reyes le interesa examinar la dinámica de los algoritmos diseñados para ofrecer respuestas inmediatas y afines a lo conocido. Ante esa inercia, sostiene que la literatura funciona como un espacio fértil para la introspección, la diversidad de perspectivas y el diálogo abierto.

El movimiento propio de la feria se entrelaza con el clima cálido de la ciudad. Para Yolanda, autora también de obras para adultos como Qué raro que me llame Federico, el vínculo con la capital santandereana permanece intacto a través de los años.

En medio de la programación cultural, Reyes mantiene su convicción: en un entorno acelerado, abrir un libro sigue siendo un gesto sereno para encontrarse con otros y detener el tiempo.

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Hablé con la reconocida autora santandereana sobre su visita a Ulibro 2026.

Yolanda Reyes. Foto:  Suministrada Natalia Espinosa. Filbo/VANGUARDIA
Yolanda Reyes. Foto: Suministrada Natalia Espinosa. Filbo/VANGUARDIA

Se suele decir que los jóvenes están leyendo menos. ¿Cómo ve esa discusión en una época marcada por las pantallas y los dispositivos?

Yo le doy muchas vueltas a eso. A veces pienso que también habría que interrogar esa afirmación de que antes todo el mundo leía mucho, porque eso no es verdad. No toda la población leía.

Sin embargo, al mismo tiempo es evidente, y ha sido constatado, que los tiempos de atención se han reducido y se han visto afectados por la irrupción de timbres, brillos, pantallas y por toda esa fragmentación de las multitareas. Eso, por supuesto, crea dificultades para las lecturas largas y profundas.

Y cuando hablamos de extensión no necesariamente estamos hablando de profundidad. Un niño puede leer un libro de 500 o de mil páginas y eso no significa necesariamente que esté haciendo una lectura profunda. Leer en profundidad implica escudriñar, descifrar, establecer una conversación entre el lector y un texto, cualquiera que sea su soporte. Y eso requiere tiempo y una atención de calidad.

Los dispositivos tienen una cantidad de estímulos pensados precisamente para que no abandonemos esos soportes, que también son soportes de consumo. Por eso la pregunta para la educación es dónde se puede aprender a leer con atención.

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La escuela, la universidad, las bibliotecas y los escenarios culturales siguen teniendo un papel fundamental. Durante las primeras dos décadas de la vida estamos formando la capacidad de pensar, de prestar atención a un texto, de relacionarlo con nosotros mismos y con otros textos. Para eso hacen falta condiciones de silencio, atmósfera e introspección, y esas no son precisamente las condiciones que ofrece la hiperconexión.

En el fondo, lo que está en disputa es la atención de la mente humana.

Yolanda Reyes. Foto:  Suministrada Natalia Espinosa. Filbo/VANGUARDIA
Yolanda Reyes. Foto: Suministrada Natalia Espinosa. Filbo/VANGUARDIA

Estamos viviendo también una época dominada por el algoritmo, que suele mostrarnos aquello que ya pensamos o queremos ver. ¿Qué consecuencias puede tener esto para la lectura y para nuestra capacidad de escuchar a los otros?

Sin duda el algoritmo tiene mucho que ver. Estamos descubriendo, quizá un poco tarde, que tiene relación incluso con nuestras decisiones políticas y con aquello que nos muestran para complacernos.

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El algoritmo funciona un poco como la lámpara de Aladino: nos muestra lo que nos gusta, evita contrariarnos. Y estamos viendo los resultados.

Por eso me parece tan importante la conversación. Cuando uno se encuentra con un libro, no sabe exactamente qué va a encontrar del otro lado. Y cuando conversa con alguien de otra generación o con otra mirada, también entra en un territorio que desconoce.

Eso es muy valioso y es justamente lo que esta dictadura del algoritmo nos puede hacer perder: encontrarnos solamente con lo que nos interesa, con lo que no nos contradice, con lo que no nos mueve el piso ni nos muestra que existen otros.

El algoritmo nos manipula y también crea escenarios para que otros puedan manipularnos. Y, de alguna manera, está planteando la imposibilidad de conversar con el adversario, con quien piensa distinto. Eso es muy complicado.

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¿Puede la literatura ayudar precisamente a romper esa lógica y permitir que los niños encuentren otras voces y otras formas de mirar el mundo?

Escribir literatura para los niños y las niñas es hablar desde la particularidad. Es bucear en las capas del lenguaje para encontrar una conciencia humana que habla desde su experiencia.

Un escritor no puede hablar en nombre de todo el mundo. Habla desde su experiencia, pero los libros permiten que esa conciencia humana se encuentre con otra, que es la del lector. Y esa persona, grande o pequeña, con mucha o poca experiencia de la vida, va armando un mundo, construyendo capas simbólicas.

Eso es todo lo contrario de buscar un único algoritmo o una sola interpretación.

El lenguaje poético, el narrativo y la ficción hablan a los niños desde un lugar que intenta ir más allá de lo cotidiano y de lo que todos pensamos. Les ofrecen lenguajes de otras épocas, autores y autoras de muchos lugares, experiencias simbólicas y experiencias de vida distintas.

Incluso cuando escribo un libro para bebés estoy buscando un lenguaje poético que llegue a otro lugar, que no sea simplemente el lenguaje de todos los días. A veces se logra más, a veces menos, pero siempre existe esa búsqueda. Escribir literatura es hacer otra voz, hablar con otra voz. Y eso es lo que me gusta.

En 2006 publicó Pasajera en tránsito. ¿Qué significó para usted ese paso hacia una novela para adultos?

Desde comienzos de este milenio yo ya escribía columnas de opinión. Tuve una columna en Cromos que se llamaba La piedra en el zapato y todavía tengo mi columna en El Tiempo. También había escrito para niños y jóvenes, además de ensayos y ponencias sobre la experiencia y la educación literarias.

Entonces, para mí el oficio de escribir nunca estuvo segmentado para un público específico.

Sin embargo, Pasajera en tránsito sí fue un paso más allá. Antes había escrito Los años terribles, una novela sobre tres adolescentes, tres niñas que van convirtiéndose en adultas y cuentan su historia a tres voces. Pasajera en tránsito, de cierta manera, planteaba una continuidad orgánica con aquello que yo venía haciendo. No una continuación, sino una continuidad.

Es una novela sobre el tiempo de ser joven y comenzar a convertirse en adulto, con todas las imposiciones que trae el mundo de los adultos. Era como ese último momento del sueño antes de entrar en la realidad de la adultez.

La protagonista es una muchacha de 20 años que llega a España, a un mundo que no es el suyo, en medio del Estatuto de Seguridad en Colombia, el destape madrileño y la guerra de las Malvinas. También había allí una conversación entre países que hablamos la misma lengua y que, sin embargo, somos tan distintos.

Nunca he sentido que deba circunscribirme a un solo público o a un único registro. Después de escribir una novela para adultos puedo volver a hacer un libro para niños o incluso uno para bebés. Me gusta explorar distintas voces y no quedarme en aquello que en algún momento “funciona”. Porque uno nunca sabe cómo hacer un libro hasta que entra en el proceso de hacerlo.

Pasajera en tránsito fue publicada en Colombia en 2006 y situó a su protagonista en la España de comienzos de los años ochenta, contexto que Reyes retoma al recordar el origen de la novela.

Yolanda Reyes. Foto:  Suministrada Natalia Espinosa. Filbo/VANGUARDIA
Yolanda Reyes. Foto: Suministrada Natalia Espinosa. Filbo/VANGUARDIA

Usted nació en Bucaramanga, aunque se fue siendo muy pequeña. ¿Qué queda de Santander en su manera de mirar el mundo y de escribir?

Me trajeron a Bogotá cuando tenía tres años. Y creo que ahí también aparece esa idea del tránsito: todo lo mío está atravesado por ese no estar nunca del todo en un solo lugar, que creo que también es el tránsito de la escritura.

Ahora que sé lo importante que es la primera infancia, siento que mucho de lo que soy viene de esos dos lugares. Mi familia es absolutamente santandereana por lado y lado: mis papás eran santandereanos, mis abuelos, mis abuelas, mis tías.

Venir a Bogotá, una ciudad grande, significó de alguna manera la pérdida del paraíso, pero siempre continuamos conectados con Bucaramanga. Prácticamente todas las vacaciones de mi infancia y de mi juventud fueron allá.

Entonces nunca me fui del todo, pero tampoco estuve del todo allá. Ese vaivén finalmente me constituye.

Eso está también en Los años terribles. Hay allí una casa de infancia, tres primas que se encuentran con los abuelos y los tíos, y está esa experiencia de crecer y comenzar a desprenderse de aquello que lo constituyó a uno. La adolescencia es también ese viaje en el que uno empieza a preguntarse por su identidad.

Todavía recuerdo cuando viajábamos por tierra y cruzábamos el límite entre Boyacá y Santander y comenzaba a sentirse el olor a tierra caliente. Esa es una gran añoranza para mí. Bucaramanga, Piedecuesta, Girón... para mí todo eso es estar siempre en el paraíso.

Su carrera ha estado profundamente ligada a la pedagogía y a la formación de lectores. Después de tantos años, ¿qué ha aprendido sobre cómo una persona se convierte en lectora?

Para mí sigue siendo una revelación. Trabajo con niños de uno y dos años que se enamoran de los libros y de las voces que los acompañan a leer desde esas edades.

Los veo ir a la biblioteca, escoger libros y llevárselos a casa. Aunque mucha gente no lo crea, un niño puede elegir un libro porque su corazón le está pidiendo leerlo con alguien, sin que nadie le diga cuál debe escoger.

Creo que eso enriquece la vida de un lector para siempre: saber que en las palabras de los otros también está nuestra propia necesidad de palabras. Y esa intuición que hace que un libro llegue a tus manos justamente cuando puede decirte algo no te la da ningún algoritmo.

Lo veo desde hace 35 o 40 años con Espantapájaros y no deja de asombrarme. Dar libros a los niños sigue siendo un acto poético y político. Es algo que enriquece la vida interior, amplía la experiencia humana y puede cambiar una vida.

Y también transforma a quienes están alrededor de los libros. Hay maestras, bibliotecarios, profesores, padres, madres y familiares que terminan convirtiéndose en lectores mientras leen para los niños.

Por eso sigo pensando que brindar espacios para la lectura va mucho más allá de la alfabetización o del aprendizaje del código alfabético. Es algo que marca la vida de las personas y que no se olvida.

Yolanda Reyes. Foto:  Suministrada Natalia Espinosa. Filbo/VANGUARDIA
Yolanda Reyes. Foto: Suministrada Natalia Espinosa. Filbo/VANGUARDIA

El lema de Ulibro 2026 es “Habitemos lo salvaje”. Después de toda una vida entre la escritura, los libros y la formación de lectores, ¿qué es lo más salvaje que ha encontrado en la literatura?

Creo que escribir no es posible si no nos conectamos con ese otro lado de la vida que no entra en la convención.

Cuando pensamos en lo salvaje, pensamos en aquello que escapa de lo predecible, de lo que podríamos llamar, entre comillas, “lo civilizatorio”. De alguna manera escribir es asomarse a eso salvaje y tratar de incorporarlo en una forma: la forma del lenguaje.

Los momentos más difíciles de la vida, los más difíciles existencialmente, tienen que ver con descubrir todo aquello que escapa de nuestro control y de nuestra racionalidad.

Ahí están la intuición y el dolor. Pero también la alegría puede ser salvaje. Nada más salvaje que parir un hijo o asistir a la muerte de un ser amado.

Son momentos que la literatura ha contemplado siempre y a los que ha intentado dar forma. Muchas formas.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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