La escritora chilena Nona Fernández presentará Marciano en Ulibro 2026, una novela construida a partir de cuatro años de conversaciones con Mauricio Hernández Norambuena, conocido como “comandante Ramiro”. En entrevista con Vanguardia habló sobre memoria, lucha armada, afectos, algoritmos y la necesidad de escuchar al otro sin reducirlo a héroe o villano.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
El libro de Nona Fernández, Marciano, es totalmente “marciano”: desde su concepción hasta su estilo y su mirada, sigue una ruta fuera de órbita, distinta de lo que acostumbramos a leer.
Conecté con la literatura de Fernández gracias a otro de sus grandes libros, Voyager (2019). Allí narra la memoria desde una dimensión individual, la de su madre, cuya capacidad de recordar empieza a desvanecerse poco a poco, pero también desde la memoria colectiva de Chile bajo la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).
Ahora, en Marciano (2025), la autora aborda la vida de Mauricio Hernández Norambuena, conocido como “comandante Ramiro”, exintegrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, la organización político-militar que combatió la dictadura chilena.

“Marciano” era un antiguo apodo de Mauricio, anterior a sus años como comandante. Nona no sabía que terminaría escribiendo una novela sobre aquel hombre y su memoria. En principio, la historia llegó a ella como el proyecto de una serie audiovisual que finalmente no prosperó. Durante cuatro años, sin embargo, fue conociendo no solo la historia de la lucha armada a través de los recuerdos del comandante, sino también a Mauricio, el ser humano; las memorias de quienes lo rodearon y quisieron; y las de sus muertos, a quienes convocaba para conversar en su celda como una forma de sobrellevar el encierro.
Los recuerdos de Nona Fernández también quedaron en el libro. Por las restricciones de la prisión, debía realizar las entrevistas sin grabadora y apenas podía ingresar con un lápiz y una libreta. Su propia memoria, por tanto, también intervino en la construcción del relato. Una aproximación «marciana» para el mundo que habitamos: lleno de dispositivos y, al mismo tiempo, con una memoria cada vez más frágil.
Además, encontré en el libro una pregunta más universal: ¿dónde queda la lucha por un ideal, con las consecuencias, mejores o peores, que puede dejar en un presente regido por la individualidad, hasta el punto de que cada persona tiene un algoritmo que le muestra únicamente aquello que quiere ver?
Por eso este libro “marciano”, titulado Marciano, llega en un momento fundamental. Escuchar otras voces, conocer otras perspectivas y mirar al otro como un ser humano, no solo como héroe o villano, resulta necesario para que países como Colombia, que han vivido la lucha armada y continúan atravesados por distintas formas de violencia, encuentren maneras de vivir en paz sin renunciar a la memoria de sus dolores y sus luchas.
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Hablé con Nona Fernández a propósito de su visita a Ulibro 2026. Fernández participará en el encuentro con autora dedicado a Marciano el viernes 28 de agosto, a las 5:00 p. m., en la Sala Editorial de Ulibro 2026, en el Centro de Convenciones Neomundo. La feria se realizará del 28 de agosto al 6 de septiembre bajo el lema “Habitemos lo salvaje”.
En Marciano usted decide acercarse no solo al “comandante Ramiro”, una figura que puede ser vista como héroe o villano según el lugar desde el que se mire la historia de Chile, sino a Mauricio Hernández Norambuena. ¿Cuándo entendió que el libro debía concentrarse en el ser humano detrás del personaje?
Nunca tengo muy claro qué voy a hacer cuando comienzo a escribir. Los libros se van presentando en la medida en que una los escribe y los piensa. Yo no tenía la idea de hacer un libro sobre Mauricio. Sencillamente, se atravesó la posibilidad y la tomé.
Muy pronto comprendí que lo que me interesaba de nuestras conversaciones era la persona con la que estaba hablando, no el personaje mítico que se levanta como héroe o villano dependiendo de dónde esté una situada en la historia de Chile. El lugar de su humanidad me parecía mucho más complejo, poroso, profundo y lleno de capas. También nos desafía más como lectoras y como personas, porque nos obliga a salir de los binarismos a los que nos tiene acostumbradas la historia contemporánea: los buenos y los malos, los héroes y los villanos. Pareciera que ya nadie pudiera ser simplemente una persona.
Es complicado ser personas, pero todas lo somos, con todo lo bueno y lo malo que eso implica. Ese era el territorio que más complejizaba la realidad, y creo que la literatura está justamente para eso: para complejizarla.
En Voyager usted relacionó la memoria íntima, especialmente el vínculo con su madre, con la memoria colectiva de Chile. En Marciano, la memoria de Mauricio también se construye con las voces de quienes lo conocieron, lo quisieron y lucharon junto a él. ¿Cómo apareció esa red de recuerdos y afectos?
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Al comienzo de nuestras conversaciones, Mauricio me contó algo muy bonito: una de sus estrategias para no desestabilizarse más en prisión era conversar con sus muertos. Me costó un poco que me confesara qué significaba eso y cómo ocurrían esas conversaciones. Me decía: “Los siento aquí, en el camastro, y dialogo con ellos. Sé que soy yo, que es mi cabeza; no estoy loco”. Le importaba mucho que yo lo supiera.
Me pareció interesante no solo por lo que implica ese diálogo con la gente que ya no está, sino porque creo que es algo que todas y todos hacemos de alguna manera, aunque sea en el pensamiento. En su caso, además, era una herramienta de supervivencia.
También entendí que la gran historia que Mauricio contiene, la de un grupo de revolucionarios y guerrilleros que combatió la dictadura, es la historia de un entramado de personas y de sus lazos afectivos. Esa lucha también estuvo sostenida por una red de afectos. Normalmente no hablamos de que esas personas se quisieron, se enamoraron, construyeron vínculos y amistades muy poderosas, en parte por los momentos intensos que vivieron. Recuperar esa memoria significaba también recuperar la memoria de los afectos.
¿Qué somos sin las personas que nos quieren, nos comprenden y, a veces, también nos desafían? Eso me interesaba mucho. La historia de la lucha armada no está completamente contada en Chile. Conocemos algunas acciones del Frente: qué hizo, dónde participó o quién murió. Pero sabemos mucho menos sobre quiénes eran esas personas, cómo se organizaban y planificaban, qué miedos, problemas, contradicciones o errores tenían. La historia con mayúscula suele dejar esas preguntas por fuera, aunque allí están algunos de sus territorios más interesantes y de los que más podemos aprender.
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En Colombia, el Acuerdo de Paz de 2016 reabrió la discusión sobre verdad, justicia, reparación y perdón. ¿Qué lugar han tenido estos asuntos en la manera como Chile ha procesado la dictadura y la transición democrática?
Creo que una de las razones por las que quise quedarme en esta historia y escribir el libro tiene que ver con la transición chilena. El paso a la democracia fue un periodo muy especial y extraño, porque se trató de una democracia pactada con los militares. Se acordó una forma restringida de verdad, justicia y reparación: algunos casos emblemáticos serían conocidos y juzgados, mientras una gran cantidad de asuntos quedaría fuera de la conversación. Los militares estaban, de alguna manera, dando el permiso para que ocurriera la democracia. Fue un periodo muy complejo.
Las organizaciones armadas, no solo el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, consideraron que aquella democracia no era realmente una democracia y continuaron actuando. Después se produjo una gran división entre lo que esas organizaciones habían hecho durante la dictadura y lo que hicieron en el periodo democrático. Es una zona sobre la que Chile todavía no se ha detenido a conversar del todo.
Quienes para algunos habían sido héroes hasta 1990 pasaron a ser considerados criminales. Esa radicalización, ejecutada incluso por las mismas personas, aún no ha sido procesada por esta sociedad, que en buena medida se fundó en aquella transición y en sus códigos éticos.
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Mauricio es una especie de signo de ese problema. Ha sido invisibilizado y criminalizado y ha vivido un régimen carcelario muy duro durante mucho tiempo. En este capítulo de nuestra historia, la idea del perdón no existe. Es una zona en la que no hemos avanzado; seguimos en el mismo lugar.
Creo que también escribí el libro para intentar entenderlo, aunque, si soy honesta, todavía no lo entiendo completamente. Por una parte, fui conociendo la versión que levantan Mauricio y las organizaciones armadas. Por otra, una comprende que, por frágil, triste o incluso irrisoria que haya sido esa democracia, también era un intento que debía mirarse desde otro lugar. La historia ocurrió una sola vez y ocurrió como ocurrió, pero todavía no hemos tenido esa conversación.
El título, Marciano, condensa la extrañeza de un personaje y de unas causas que hoy parecen pertenecer a otro planeta. La estructura de la novela también se aparta de una narración lineal. ¿Cómo encontró esa forma?
El primer problema fue cómo contar una vida, o una parte de ella: la memoria que Mauricio me ofrecía de su vida. Durante cuatro años fui a visitarlo a la cárcel de Rancagua y allí entendí que el encierro no es lineal. El tiempo no se vive como lo vivimos quienes estamos afuera. Es una realidad extraña, fuera de los límites, en la que todo se mezcla.
Mauricio convoca a sus muertos y los pone a conversar con él como parte de un ejercicio cotidiano en la celda. Allí se quiebra el límite entre la vida y la muerte, entre la ficción y la realidad e, incluso podría pensarse, entre la cordura y la locura. En el encierro, el tiempo tiene otras lógicas: el pasado está mucho más presente que el presente, porque este último es igual todos los días y no ofrece muchas señales para establecer diferencias.
El pasado de Mauricio fue tan efervescente que lo conserva con más claridad que aquello que hizo el día anterior. Cuando comprendí ese tiempo, o cuando yo misma terminé embriagada por él, pensé que la novela debía ser así: un espacio donde los muertos pudieran hablar, el hoy y el ayer se enredaran, y la ficción se mezclara con la realidad. Aparecen archivos y cartas verdaderas, pero todo convive con la lógica del encierro.
Lo único que debía funcionar como hilo conductor era la conversación entre dos personas: Mauricio y yo. Mi presencia no es tan importante; más bien voy activando pensamientos y proponiendo un punto de vista que no es el suyo, quizá uno más próximo al mundo exterior, al mundo menos marciano.
Hace poco, en Perú, Jeremías Gamboa dijo que el diálogo entre N y M era una conversación entre la normalidad y la marcianidad, más que entre Nona y Mauricio. Le parecía hermoso que, al final, ambas posiciones se mezclaran: él se volvía un poco más normal y yo, un poco más marciana. Me gustó mucho esa lectura. La conversación es el elemento más convencional de la novela, pero también es un intento de destilar literariamente nuestros diálogos.
La historia llegó primero a usted como un proyecto audiovisual y terminó convertida en novela, el camino inverso al que suelen recorrer hoy muchos libros. ¿Qué encontró en la escritura que no cabía en una serie?
Llegué a Mauricio a través de un proyecto para una serie. Era una iniciativa muy ambiciosa que buscaba coproducción con plataformas como Netflix o Amazon. Como suele ocurrir con las series, el proyecto estaba concentrado en las grandes acciones.
Mientras investigaba, comencé a observar otras cosas que para mí eran más entrañables: que Mauricio conversara con sus muertos, por ejemplo. Eso no les interesaba a los productores, que querían disparos, huidas y acción. Todo eso también puede ser interesante, pero yo me fui quedando con los pequeños rasgos de la persona que es Mauricio y, sobre todo, con sus estrategias para soportar el encierro. Ese tiempo me parecía profundamente literario: sus lecturas, sus muertos, sus partidas de ajedrez, sus viajes al pasado, sus imaginaciones y las cartas que intercambiaba con su familia.
Nada de eso cabía en la serie que me estaban pidiendo, aunque era justamente lo que más me interesaba. Cuando el proyecto se cayó porque los productores se pelearon y todo se fue al carajo, pensé que era mi oportunidad. Tal vez ya no podía escribir una serie, pero sí el libro que había querido escribir desde que entré en esa historia. Ese libro es Marciano.
¿De qué manera puede dialogar Marciano con la realidad colombiana y con el momento político que atraviesa el país?
He estado muy pendiente. Estuve en la Feria Internacional del Libro de Bogotá poco antes de las elecciones y el año pasado viajé varias veces a Colombia. Por el mundo en el que nos movemos, las artes, la cultura y la literatura, una suele estar vinculada a personas de izquierda, y desde esa sensibilidad observo la actualidad colombiana. No está muy lejos de la experiencia reciente de Chile ni de lo que ocurre en otros lugares: los vientos del mundo soplan en una dirección parecida.
Vivo este momento con desazón, tristeza e incertidumbre, sin tener una respuesta clara sobre cómo deberíamos actuar. Pero la escritura de la novela me regaló algunas ideas. Mauricio vivió un periodo probablemente mucho más complejo que el nuestro: una dictadura. Él y las personas de su generación fueron capaces de comprometerse con un proyecto. Podemos opinar lo que queramos sobre ese proyecto, pero creyeron en algo, lo inventaron y fueron capaces de ir hasta el final por ese camino.
Atravesamos un periodo mundial de mucha desazón. No vemos futuro; parece absolutamente negro y, de tanto enunciarlo así, empezamos también a convocarlo. En esta atmósfera pienso en ellos y, en general, en todas las personas que han creído en una causa y se han comprometido con ella arriesgándolo todo. Siento que nos falta algo de esa energía y quisiera que pudiéramos insuflarla en nuestros corazones para volver a creer que algo es posible.
Tengo el problema del optimismo. Creo que en este momento necesitamos inyectarnos esperanza y convencernos de que podemos inventar algo. Quizá todavía no sabemos qué, pero algo puede ocurrir.
Mauricio y yo hablábamos mucho del intento. Él me lo decía abiertamente: “Nosotros lo intentamos. La revolución socialista no ocurrió, fracasó, pero lo intentamos”. Ese fracaso no significa que no podamos seguir buscando un futuro más justo, cariñoso, democrático y amoroso. Tenemos todo el derecho y debemos continuar intentándolo. Yo elijo quedarme con eso. Es una de las ideas que el libro podría ofrecerle a Colombia en este momento.
¿Cómo se relaciona esa dimensión colectiva con un presente dominado por las redes sociales, en el que los algoritmos nos muestran solo aquello que queremos ver?
Vivimos el momento del algoritmo: cada persona está encerrada en el suyo. Creo que el mundo binario en el que habitamos tiene mucho que ver con eso. Nos convencemos, o nos convencen, de que las cosas son como las presenta nuestro algoritmo y de que cualquiera que esté por fuera, piense distinto o tenga una opinión diversa es una especie de enemigo al que hay que repudiar, gritar o insultar. Estamos atrapados en ese ejercicio, y las redes también ofrecen una sensación de impunidad.
Aquí vuelvo a la novela. Mauricio y yo no tenemos el mismo punto de vista sobre muchas cosas. No escondo mi simpatía por el Frente; por algo entré en este libro. Pero hay acciones que me espantan. Conversamos sobre asuntos en los que no estábamos de acuerdo. A veces yo podía comprenderlo y otras veces no. En ocasiones, sencillamente, no llegábamos a ninguna conclusión.
Eso no significa que no podamos sentarnos a conversar ni escucharnos. Tuvimos una conversación de cuatro años y, cuando una se detiene de verdad a dialogar y a escuchar al otro, es imposible salir sin haber sido intervenida. Retomando la idea de Jeremías Gamboa, yo quedé un poco marciana y Mauricio, probablemente, un poco más normal o más «nonizado».
Hoy cada quien vive exclusivamente dentro de su algoritmo. No nos dejamos intervenir, no escuchamos y no nos interesa el otro. Creo que una de las grandes consecuencias de esa fractura es el estado político actual del mundo, porque hay quienes saben aprovecharla política y económicamente.
Ulibro 2026 propone “Habitemos lo salvaje”. ¿Qué encontró de salvaje durante la escritura de esta novela y qué espera encontrar en Bucaramanga?
No conozco Bucaramanga y tengo mucha curiosidad y muchas ganas de visitarla. Colombia es un país que me enamora. Cada vez que he podido recorrer distintos lugares, me ha parecido un país muy rico y efervescente.
También quiero establecer diálogos. Las ferias son preciosas por eso: nos permiten salir de nosotras mismas, de nuestros contextos y de nuestras realidades, y conversar. Muchas veces vivimos nuestros problemas políticos y sociales como si tuviéramos el monopolio sobre ellos, y no es así. No es que ayude saber que somos más las personas desgraciadas, pero pensar juntas sí sirve; es como subir la cámara y mirar desde un dron. Se trata de un problema global y también debemos pensarlo globalmente, sobre todo desde la cultura, que es parte de la invitación de la feria.
En cuanto a lo salvaje, voy con todo: dispuesta a escucharlo, dialogarlo y ofrecerlo todo. Llego con mucha alegría, curiosidad y ganas de ser intervenida. Cuando viajamos para conversar se producen grandes diálogos.














