El artista y diseñador industrial santandereano Pablo Porras recorrió en kayak el río Magdalena, desde Neiva hasta Barranquilla, siguiendo la ruta que Kapax completó en 1976. Durante cerca de 40 días atravesó 28 municipios y documentó contaminación, vertimientos y soluciones creadas por las comunidades ribereñas.

Publicado por: Redacción Cultural
En la parte trasera de su kayak, Pablo Porras llevó un equipaje poco común: telas que fue impregnando con agua del río Magdalena durante el recorrido. Al llegar a Barranquilla había reunido 28 muestras, una huella física de la sedimentación y de los cambios de color del río a lo largo del país.
El artista, diseñador industrial y expedicionario santandereano culminó el pasado 6 de agosto la travesía “Nada al Río Magdalena 2026”, un recorrido iniciado en el Huila y desarrollado por 28 municipios hasta llegar a la capital del Atlántico.
La expedición tomó como referencia el itinerario de Alberto Rojas Lesmes, más conocido como Kapax, quien en 1976 nadó desde Neiva hasta Barranquilla para llamar la atención sobre la conservación de los ríos, los bosques y la fauna. Cincuenta años después, Porras volvió sobre aquella ruta, esta vez a bordo de un kayak inflable y con una pregunta de fondo: ¿qué ha cambiado en el río durante medio siglo?
El resultado, según el expedicionario, no es alentador. A lo largo del trayecto encontró residuos sólidos, vertimientos de aguas servidas y poblaciones con dificultades técnicas y económicas para manejar sus desechos. También documentó escenas cotidianas que resumen una contradicción: comunidades que captan agua para el consumo y, unos metros más abajo, descargan residuos sobre la misma corriente.
“Nada al Río” fue concebido como una estrategia educativa y de comunicación. Además de remar entre un poblado y otro, Porras realizó conversatorios con habitantes, gestores culturales y organizaciones locales. En esos encuentros buscó reunir recuerdos, fotografías y relatos sobre las transformaciones del Magdalena desde la histórica travesía de Kapax.
El itinerario contempló 30 paradas, entre ellas Neiva, Aipe, Honda, La Dorada, Puerto Boyacá, Puerto Berrío, Bocas del Carare, Barrancabermeja, Gamarra, El Banco, Magangué, Plato, Calamar y Remolino.
Una experiencia de Santander
La travesía llegó el 13 de julio a Bocas del Carare y un día después a Barrancabermeja. En el corregimiento santandereano, ubicado en jurisdicción de Puerto Parra, Porras encontró una de las experiencias que más llamó su atención durante el recorrido.
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Una asociación de pescadores le mostró un biofiltro construido para tratar las aguas residuales mediante zanjas, recubrimientos y bacterias. Para el expedicionario, la iniciativa demuestra que algunas soluciones comunitarias, desarrolladas con pocos recursos, podrían adaptarse en otras poblaciones ribereñas.
Ese hallazgo introdujo un matiz en medio del panorama de contaminación: el recorrido no solo registró basura y vertimientos, sino también respuestas locales que nacen del conocimiento del territorio.
La dimensión artística de la expedición se concentra en “El sello que falta”, una propuesta gráfica inspirada en las advertencias octogonales utilizadas en los empaques de alimentos. Porras traslada esa estética a fotografías de botellas, bolsas, recipientes y otros residuos encontrados en ríos y playas, para advertir sobre su capacidad contaminante y su disposición inadecuada.
La propuesta hace parte de una presentación audiovisual compuesta por cerca de 300 imágenes. Durante los conversatorios, el artista reconstruye sus expediciones, muestra fotografías que pocas veces aparecen en las campañas ambientales y relaciona la contaminación con los hábitos de consumo.
Su llamado también cuestiona la idea de que reciclar es suficiente. La estrategia plantea una cadena de acciones en este orden: “rediseñar, reducir, reutilizar, reparar, renovar, recuperar y reciclar”. El reciclaje, insiste, debería ser la última medida y no la única respuesta frente al problema.
La preocupación de Porras por el Magdalena comenzó a tomar forma en 2018, cuando realizó una expedición de 22 días en kayak desde Simití, en el sur de Bolívar, hasta Nueva Venecia, en la Ciénaga Grande de Santa Marta. De aquella experiencia surgió el libro Kayakeando el Magdalena y una serie de recorridos posteriores por los ríos Vaupés, Amazonas y Orinoco.
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Ahora comienza una segunda travesía: revisar y organizar las fotografías, los videos, las telas y los testimonios reunidos durante el viaje. Con ese material, Porras proyecta construir una exposición que muestre lo encontrado en el Magdalena medio siglo después de que Kapax pidió protegerlo.
El kayak ya salió del agua, pero la pregunta permanece en la orilla: ¿cuántos años más necesita el país para escuchar el llamado de su río?














