Familiares, amigos y compañeros despidieron esta semana a Josué Díaz Rodríguez, “Josuecito”, recordado por su generosidad, lealtad y amor por la música. Sus exequias se realizaron el jueves 3 de septiembre, antes de su cremación en el Parque Memorial Tierrasanta.

No le temo a la muerte; le temo a que mis hermanos mueran antes que yo.
María del Carmen, Édinson Josué, Érika Milena, hermanos todos, amigos que nos acompañan hoy para despedir a Josuecito:
Vinimos a cantarle, con el corazón en pedazos, porque nos negamos a despedirlo desde el silencio absoluto. A Josuecito hay que recordarlo como vivió, porque su paso por este mundo fue un festejo luminoso y generoso de la amistad.

Entre nosotros nunca hubo una simple relación de colegas o de compañeros de grupo. Lo que nos ató desde el primer día, hace ya muchos años, fue un lazo de amor fraternal, de esos que se forjan a prueba de fuego, de estar juntos en las buenas y de estar juntos en las malas. Nos conocimos en las risas, en los silencios y en las batallas de todos los días.
Josuecito siempre tuvo un abrazo para todos. Fue muchas veces el generoso anfitrión de nuestros ensayos y de tantos invitados y grupos alternos que buscaban su puerta. Siempre tenía los brazos abiertos y una palabra amable para los músicos que llegaban buscando un refugio cálido donde departir entre notas y otras cositas.
Su historia con nosotros tiene la marca de la constancia. Siendo en nuestro grupo la amistad y el afecto los anclajes de la unión, mucho más que la música, nos acompañaba al principio a presentaciones y ensayos con su disposición inquebrantable para prodigar atenciones, por lo que, en medio de nuestras bromas y nuestras risas, fue nombrado “el aguatero oficial del grupo”. Después, como miembro infaltable, con tesón y persistencia, y haciéndose el distraído cuando alguna mirada le indicaba el error, terminó convertido en flamante guacharaquero que marcaba el pulso de nuestras alegrías. Era de los más juiciosos para asistir a cada cita, el primero en cumplir con rigor cada compromiso, y asumió, además, la tesorería con una pulcritud y una responsabilidad tan grandes que, fiel a su temple, mantuvo ese cometido hasta sus últimos minutos.
Josuecito fue parte de la transformación que nos hemos propuesto para el escenario, y su energía positiva y su fuerza de voluntad nos respaldaron para encarnar esa fuerza que nos define: la potencia interpretativa, la alegría desbordada y una presencia que llena cualquier espacio. Para él, participar con nosotros siempre fue un pretexto sagrado para celebrar, y podía perfectamente convertir cada presentación en un jolgorio inmenso, en una fiesta por la vida, por el amor, por la amistad y por nuestra colombianidad. Con él también aprendimos a querer con fuerza, a ser fieles a lo que somos y a honrar la lealtad por encima de todo.
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Hoy se nos va el amigo, el cómplice, el hermano, el custodio ordenado de nuestra caja y el corazón alegre de nuestras jornadas. Se nos adelanta en el camino, pero se queda para siempre en cada acorde, en cada pulso de la guacharaca y en cada rincón de este grupo.
Josuecito querido, hermano del alma: gracias por todo ese amor, por esa generosidad infinita y por cuidarnos hasta el final. Aquí seguiremos cantando, con el recuerdo encendido, celebrando la vida tal como lo aprendimos. Buen viaje, hermano Josuecito. Descanse en paz.















