Es el pan de la vida, es el oro de la tierra y, sobre todo, es la fe del sembrador. Esas palabras podrían resumir a las más bellas expresiones de la naturaleza: las espigas.
Publicado por: Euclides Ardila Rueda
Sus semillas se unen para conformar hermosos racimos de granos, todos extraídos de los árboles de la vida. Las espigas, majestuosas y doradas por el sol, son alimentos, son señales de prosperidad y, por supuesto, nos confirman que todo saldrá bien.No se trata de cualquier creencia. Es la certeza de que podemos confiar en lo que no se puede ver, y que debemos conservar la calma cuando todo se nos vuelve turbulento.El labriego lo sabe muy bien y basa su futuro en las espigas. Cuando abona la tierra y siembra sus semillas siente que, por más borrascas que azoten a su finca, siempre cosechará los mejores cultivos.El granjero planta una semilla, la riega y la cuida, porque sabe que crecerá. Así debe ser nuestra fe. Ella debe ir en contra de los malos augurios, de la desesperanza e incluso de las adversidades.Tener fe es crear un vacío en el corazón para que lo llene Dios, tal como lo hace la espiga en las tierras del sembrador.¡Claro! tener fe no es sentarse a esperar que todo le caiga del cielo. Esa es la fe del perezoso. La clave es mirar hacia el frente, trabajar por los ideales y cultivar la paciencia, pues todo lo bueno algún día germinará.La fe en Dios requiere que uno obre con confianza en Él, antes de ver el resultado final. También significa que se debe hacer todo lo que está a su alcance para lograr las cosas por las cuales trabaja.Con fe, la respuesta no sorprende. Ya se sabe qué sucederá. El atleta tiene claro que ostentará su medalla de oro en su pecho, porque ha entrenado para ello.Tener fe es permanecer en su puesto cuando todos los demás desertan. Es hacer lo que Dios pide hoy y saber que Él hará mañana lo que ha prometido.El que cree, no tiene miedo; al menos no se queda sembrado en él. No hay chance de dudar. En otras palabras, cuando se cree, se tiene la seguridad de que todo va a salir como se tiene proyectado. Sólo así los impedimentos que se ven como barreras, de-saparecen.Si su cuarto queda a oscuras y a usted le asustan los fantasmas de su mente, tenga fe; nada le pasará. ¿Por qué? Porque el resplandor de su habitación está en el corazón, no en el bombillo.Tener fe es seguir a pesar de que los caminos estén cerrados. Es confiar en sus sentidos, antes que en lo que le dicen los demás. Es abrir los ojos y ver más allá de lo que todos ven.Ojo: la fe también consiste en aceptar las cosas tal como suceden y entender que cualquier resultado obtenido es para sacarle el mayor provecho.La fe es como la semilla, algo que germina más allá de las dudas, las tempestades y la tristeza del corazón. ¡Cultive su fe y muy pronto verá la cosecha!¿Y qué pasa con la cizaña?Un hombre sembró una buena semilla en su campo. Sin embargo, mientras dormía llegó uno de sus enemigos y sembró cizaña al lado del trigo. Cuando pasaron los días crecieron las plantas y se empezó a formar la espiga; pero también apareció la intriga. El hombre quiso arrancar la siembra de una. Sin embargo recapacitó, pues dedujo que si la desprendía, también dañaría la cosecha y arruinaría el trigo.Por eso dejó que crecieran juntos, trigo y cizaña, hasta el tiempo de la recogida final. No tuvo miedo de actuar de esta forma, sólo tuvo la fe suficiente como para esperar que nada malo ocurriera.Cuando llegó la bonanza, con sumo cuidado apartó la cizaña y la ató en gavillas para quemarla; después almacenó el trigo en su granero. Luego descubrió que tenía más trigo que nunca y que la cizaña era tan débil que, de una manera rápida, se extinguió.Moraleja: Siempre tendremos gente que tratará de hacernos mal, pero no por ello debemos desistir de nuestras metas. Tengamos fe en nosotros mismos. Nuestra confianza puede ser la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crezca llegará a ser más grande que las malas intenciones de los demás. ¿No les parece?BELLA HISTORIAÉl era un escritor humilde. Afrontaba una de esas pobrezas que, de la misma miseria, le atropellaba su honra y lo dejaba como muchos mendigos de hoy día: ¡aruñando mendrugos!Con improvisadas caucheras cazaba gorriones en los tejados y los cocinaba, sirviéndole de asador una de las varillas oxidadas que reposaban sobre los techos que frecuentaba.A veces, por tener empeñadas sus últimas ropas, permanecía semanas enteras en su rancho, sin más vestidura que una colcha deretazos.Sus amigos, no tan humildes como él, lo criticaban por no trabajar. Le cuestionaban esa idea loca de querer convencer con sus escritos a una casa editorial, sobre todo en una época como la que él vivió. Al fin y al cabo, él no dejaba de ser un físico muerto de hambre.No era fácil hacerse leer de los críticos, cuando su vientre no oía preceptos y, de manera permanente, le gritaban que se pusiera atrabajar en un oficio que le devengara un sueldo básico.Este hombre, enamorado de las letras y con una convicción profunda de que algún día sería alguien en la vida, se acostumbró a comer pan con aceite, del mismo que hoy se utiliza para freír los alimentos. Según afirmaba, la espiga era su secreto para no perder la fe de que algún día sería admirado por sus textos: 'mientras tenga aceite, un escritor no se morirá de hambre'.Y de la cabeza del tallo del trigo, allá donde se contienen los granos, él logró su propósito de ser un gran novelista, convenciendo con trabajo a más de una empresa editorial.Pese a ello, siempre fue una persona sencilla y humana porque, según contaba, no tenía nada de qué jactarse.Él hizo del pan su poesía, fue una extraña comunión de espiga e inspiración, sólo para escribir las líneas que le garantizarían su futuro. ¿Qué tuvo Emilio Zola, el novelista francés de esta historia?'Pues, hambre de triunfo', respondió el mismo autor.Fue un hambre que le permitió convertir sus letras en un sol redondo y fragante de harina, como para repartir al creyente y al mendigo que pasa frente a un templo.Emilio Zola nunca fue un glotón, ni siquiera cuando tuvo el suficiente dinero como para pagarse banquetes enteros. Siempre consideró que para pasar una noche tranquila, había que cenar de manera parca y que el mejor alimento para su cuerpo, era el espíritu de querer hacer las cosas.Mejor dicho, su alimento fue la espiga de la fe.Sólo así pudo tener el aceite suficiente para observar, para imaginar y para creer que podría tocar el cielo con las manos, aún con elestómago retorciéndose del hambre.














