Existen dos formas tradicionales para medir la pobreza. La primera se centra en el dinero que ingresa a los hogares frente a una canasta básica de bienes y servicios. Si lo que gana una familia no alcanza para cubrir los alimentos (calorías) se clasifica como pobreza extrema. Si logra cubrir la alimentación y apenas algunos bienes adicionales, se considera pobreza monetaria. Ambas categorías comparten la volatilidad. Es relativamente fácil salir de ellas, pero también volver a caer.
El segundo enfoque es más complejo de medir, pero también más sólido en el tiempo. Se trata de la pobreza multidimensional, una perspectiva fundamentada en las reflexiones de Amartya Sen, premio Nobel de Economía en 1998, sobre el bienestar, las causas de la pobreza, la elección social y el problema del hambre.
Desde este punto de vista, la pobreza no se define por la falta de ingresos, sino por la privación de capacidades. Lo central ya no es cuánto se gana, sino qué tan posible es llevar una vida digna. Se priorizan dimensiones como la educación, la salud y las condiciones de vivienda. Precisamente por eso, salir de la pobreza multidimensional suele ser más estable. Quien accede a la educación contribuye de manera permanente al indicador y no retrocede en ese aspecto. Algo similar ocurre con el acceso a servicios de salud o a una vivienda.
Por esta razón, el dato del DANE de que más de 793.000 personas lograron salir de la pobreza multidimensional en Colombia no es menor. Por primera vez, desde que se mide, este indicador se ubicó por debajo del 10 por ciento. Esto representa una caída de 1,6 puntos frente al año anterior y marca el nivel más bajo de una tendencia que solo se interrumpió durante la pandemia, cuando el indicador se disparó hasta el 18,1 por ciento.
La mayor mejoría estuvo directamente relacionada con la educación. En particular, con la reducción del rezago escolar, entendido como la brecha entre la edad y el nivel educativo alcanzado, y con el aumento del logro educativo. En términos claros, como país nos estamos educando más. A mediano plazo, esto se traduce en mayor acumulación de capital humano y menor pobreza monetaria, en la medida en que mayores niveles de educación se asocian con mejores salarios.
Finalmente, es importante insistir en que se trata de una tendencia. A veces nos cuesta aceptar los datos cuando no encajan en la narrativa del colapso inminente o del apocalipsis económico. También nos cuesta reconocer que este es el resultado de un esfuerzo sostenido como país, construido a lo largo de varios gobiernos, para mejorar significativamente las condiciones de vida de millones de ciudadanos.












