Si algo dejó claro la jornada electoral del pasado domingo fue el trabajo impecable de la organización electoral, en especial el de la Registraduría Nacional del Estado Civil. Y aunque hay quienes insisten en sembrar dudas, el sistema se encargó de demostrar que ofrece todas las garantías.
Aún tibio el resultado del preconteo a cargo de los jurados de votación, que todos saben que tiene un simple carácter informativo, Gustavo Petro hizo saber que no lo acepta y que solo atenderá el resultado de las comisiones escrutadoras. Y otra vez, sin pruebas, sin evidencia seria y razonable, habló de irregularidades. Las mesas impugnadas, escribió, “demuestran que centenares de miles de votos fueron agregados sin existencia de sufragantes”.
Dice que cuenta con información “confiable”, pero no presenta las pruebas que la sustentan. Dice que puede probar las irregularidades ante la autoridad competente, pero no formula las denuncias. Eso y nada es lo mismo. Claro, habrá quien le crea, pero los números se encargan de hacerlo quedar mal.
De acuerdo con la información oficial, que es seria, objetiva y comprobable, el censo electoral nunca se modificó. Para la primera vuelta presidencial se instalaron 112.020 mesas y los partidos y movimientos políticos registraron 373.612 testigos electorales que permitían cubrir y vigilar el 98,31 % de ellas. El miércoles, tres días después de las elecciones, culminó el escrutinio. Las reclamaciones fueron mínimas y no superaron el 0,7 % del total de mesas instaladas. Además, los datos del preconteo coinciden en un 99,94 % con el escrutinio. En las elecciones de marzo, la diferencia fue del 0,28 %.
El presidente de la República insiste en que hubo fraude. Los datos, por el contrario, dan cuenta del impecable trabajo de los 850.071 jurados de votación al contar los votos y diligenciar de manera eficiente y rigurosa los formularios E-14, que pueden consultarse en la página web de la Registraduría Nacional del Estado Civil.
Nadie, absolutamente nadie, puede dudar del resultado de las elecciones.
La narrativa oficial no cambia; incluso alcanzó a contagiar al candidato del establecimiento, que luego reflexionó y marcó distancia. El presidente, que parece más candidato que presidente, en lugar de simbolizar la unidad de la nación, se empecina en sembrar dudas sobre la legitimidad, integridad y confianza en el sistema electoral. Pero los hechos indican que la confiabilidad del proceso no admite cuestionamientos y que la posibilidad de fraude es más remota de lo que se cree, así Gustavo Petro y sus adláteres se empeñen en afirmar lo contrario.
Al margen. Si la campaña para la segunda vuelta va a tener el énfasis de los discursos de los candidatos en la noche del domingo, que Dios nos coja confesados.











