La lucha por el poder apenas comienza. La elección del próximo contralor general de la República se ha convertido en el primer gran pulso político del nuevo gobierno. No se trata únicamente de una entidad que administra una planta superior a los tres mil funcionarios; está en juego el organismo encargado de vigilar el manejo de los recursos públicos y de ejercer control fiscal sobre el Ejecutivo.
En esa disputa empiezan a aparecer alianzas que hace pocos meses habrían parecido impensables. La que más llama la atención es el acercamiento entre Álvaro Uribe y Gustavo Petro. Para muchos de quienes acompañaron al expresidente durante años, esa imagen representa una profunda decepción. La política vuelve a demostrar que, cuando el poder está en juego, las fronteras ideológicas suelen desdibujarse.
Todo indica que este es apenas el primer capítulo. Lo mismo podría ocurrir en las futuras elecciones del procurador general y del fiscal general de la Nación, cargos fundamentales para el equilibrio institucional del país.

Si Uribe consideró que su influencia corría el riesgo de disminuir, decidió acudir al pragmatismo político. Terminó compartiendo escenario con Petro, el mismo dirigente frente al cual Iván Cepeda delegó el ejercicio de la oposición durante el gobierno anterior. Son fotografías que inevitablemente alimentan el debate público.
La historia reciente de Colombia demuestra que la política está llena de imágenes que en su momento parecían imposibles: los acercamientos con Timochenko durante el proceso de paz, la simbólica silla vacía de Tirofijo, el regreso de Iván Márquez a las armas, la fuga de Iván Márquez y Jesús Santrich hacia Venezuela y las conocidas fotografías de Iván Cepeda junto a antiguos integrantes de las FARC.
Mientras tanto, el nuevo presidente parece decidido a permitir que los organismos de control se conformen con mayor autonomía, respetando el principio constitucional de pesos y contrapesos. Si ese propósito logra mantenerse en el tiempo, será una prueba importante para la fortaleza de las instituciones democráticas.
Entretanto, el nuevo gobierno continúa tomando forma. El sonajero de nombres comienza a convertirse en decretos de nombramiento y los ministerios van quedando definidos.
También generó controversia el escenario inicialmente previsto para la posesión presidencial. La ceremonia finalmente no se realizó en una guarnición militar, como se había planteado. Más allá de ese episodio, el mensaje hacia las Fuerzas Militares ha sido claro: recuperar el control del territorio, enfrentar con decisión a los grupos armados ilegales y exigir su sometimiento a la Constitución y a la ley.
La verdadera disputa apenas empieza. No será únicamente por los cargos, sino por la independencia de las instituciones y por la capacidad del Estado para mantener el equilibrio entre los poderes públicos. En esa batalla se medirá la solidez de la democracia colombiana.











