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Viernes 05 de junio de 2026 - 01:00 AM

Después de Uribe

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El escritor uruguayo Mario Benedetti solía citar una frase que podríamos rescatar para acercarnos a nuestra realidad. “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas.” Él mismo advertía que no le pertenecía, era de un autor anónimo que la dejó escrita con aerosol en una pared de Quito; un grafiti, una pinta, en mis años mozos.

La frase intenta sintetizar la necesidad de entender que todo está en constante cambio, y comprender esos cambios implica abandonar la mediocre –y hoy por hoy costosa– insistencia en nuestras certezas.

Durante dos décadas la política colombiana giró en torno a Uribe y el antiuribismo, entre la seguridad democrática y la paz, derivado del fracaso de los diálogos del Caguán. Las primeras víctimas de la petrificación de esas ideas fueron los propios uribistas, quienes gobernaron por última vez bajo esa perspectiva con Duque e intentaron revivir el fantasma de la amenaza terrorista de cara a unas elecciones en las que ni al tarjetón llegaron.

La izquierda no derrotó a Álvaro Uribe; él se derrotó solo. Siguió hablándole a un país que ya no existía, con una narrativa vigente únicamente en la nostalgia de quienes insistían en que ahora se podía viajar sin pescas milagrosas, en una sociedad que ya no cargaba con esos miedos.

Los segundos en caer en el estancamiento fueron los vencedores. Tras el gobierno de Duque, la pandemia y el estallido social –condiciones absurdamente anómalas– el país se definió entre la propuesta de una izquierda tuneada con la política tradicional y un exitoso outsider. El ingeniero Rodolfo, alma bendita, a quien tuve la dicha de conocer y por quien sentí una gran admiración por su estruendosa personalidad. No había personaje, era exactamente el hombre de los videos.

Nunca se analizó a fondo a quién derrotó realmente Petro. Nunca se entendió el fenómeno detrás del ingeniero ni lo que implicaba para la política colombiana que un recién llegado a la agenda nacional pudiera disputar la Presidencia sin maquinaria, con pocos recursos y, en buena medida, autofinanciado. No hubo lectura, solo etiqueta, se resolvió rápido: uribista.

Durante los cuatro años de gobierno se mantuvo vigente la agenda contra el uribismo, a pesar de que este ya estaba en la lona. Todo fue diseñado para decirle al país que no podíamos volver al pasado. El país ya lo había dejado claro en las urnas, no quería volver allí, quería algo distinto. Lo capitalizó la nueva derecha, una que no solo cambió de forma sino de esencia, de composición orgánica y de agenda. Ni siquiera importa lo que ocurra en segunda vuelta. El país acaba de entrar en una nueva era. La nueva derecha es posuribista.

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