Laura Julia Guerrero Torres, estudiante de Gastronomía y Artes Audiovisuales, explora cómo llevar al comensal de la incomodidad visual al placer del sabor. Su trabajo demuestra que incluso las imágenes más impactantes pueden esconder preparaciones dulces y sofisticadas.

Está comprobado que los colores que vemos en el plato pueden influir de manera significativa en el sabor y la sensación que nos deja una experiencia gastronómica.
Por eso, los cocineros recurren a la psicología del color para apostarle a mover nuestras emociones y conseguir una sensación de satisfacción y placer en el paladar.
Apostarle a una armonía visual, explorando las formas y los colores, abre el abanico de posibilidades y lleva al comensal a un viaje en el que están involucrados todos los sentidos.
Laura Julia Guerrero Torres sueña con salirse del plato, romper el esquema y plantear un reto a los ojos y al paladar para permitirse disfrutar de una propuesta gastronómica que evoca las escenas más terroríficas que hemos visto en la pantalla grande. Es estudiante de Artes Audiovisuales y de Gastronomía y Alta Cocina en la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Esas dos pasiones llegaron a la par a su vida y hoy ya aterrizan en sus proyectos profesionales.
Unos intestinos expuestos, una textura viscosa y una escena que, en cámara, simula la ingesta de carne humana son su apuesta más reciente. Trabajó con un grupo de compañeros en un cortometraje llamado Líbranos del Mal, una historia de terror para la que recurrió a la gastronomía como recurso para efectos especiales o comida de utilería. Durante el rodaje, todo el equipo pudo disfrutar de estos postres con aspecto de vísceras humanas.

Fuera de cámara, la escena se vivió de forma totalmente distinta. Un sabor dulce, cercano al de un postre, y un brownie muy melcochudo le permitieron a la actriz sostener la escena sin apartar la mirada ni el paladar de esta exquisitez.
“La idea era justamente hacer la prótesis y simular la ingesta de carne humana dentro del cortometraje. La pieza la cubrimos con brownie y con dulce para simular la viscosidad”, cuenta. El resultado fue una especie de postre oculto bajo una apariencia perturbadora. “Era 100 % un postre; eso permitió que ella disfrutara esa simulación”.

Laura Guerrero Torres encontró una oportunidad entre lo que incomoda a la vista y lo que seduce al paladar para narrar con la sazón que heredó de su abuela y de su mamá.
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Tiene 21 años, cursa séptimo semestre de Gastronomía y sexto de Artes Audiovisuales, y desde ahí construye una propuesta arriesgada e innovadora.

Entre el terror y los fogones
El gusto por el cine de terror lo heredó de su hermano mayor. Este marcó muchas de sus referencias y decisiones.
“Gran parte de los gustos que yo tengo fueron influenciados por lo que a él le gustaba”, dice. Las películas eran la inspiración para los disfraces de Halloween y el maquillaje que usaban en su infancia.
La cocina siempre ha estado ahí. “Mi abuela siempre nos hacía tortas de vino y diferentes postres. Mi mamá también cocina de una manera espectacular. La influencia de ellas dos me llevó a empezar a cocinar desde muy pequeña, a los 8 años, practicando las cosas que yo veía en películas y series”, expresó.
A los 12 años empezó a explorar, de forma empírica, los efectos especiales. Replicaba lo que veía, probaba materiales y exploraba las texturas.
“Cuando inicié pastelería en la universidad, me di cuenta de que la textura de las masas, de los ponqués, de algunos postres, se podía asemejar a cosas que había visto en películas”, explica.

Su apuesta por la ‘cocina roja’
Ese lenguaje toma forma en dos proyectos que avanzan en paralelo. El primero, Red Poison, busca consolidarse como una propuesta de efectos especiales prácticos aplicada a producciones audiovisuales. El segundo, Cocina Roja, traslada esa pasión al terreno gastronómico.
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“Busco replicar platillos de ficción… y también platos inspirados en el terror”, dice.
En su imaginario aparecen paletas con forma de huesos, preparaciones que evocan órganos o tejidos, y productos cárnicos que juegan con la apariencia de lo que normalmente no se serviría en un plato.
Este último está muy cercano a la charcutería, por lo que ya se encuentra apostando por chorizos, mortadelas y fiambres desde una lógica tradicional, pero encuentra en esas mismas preparaciones la posibilidad de reinterpretar formas.
“Con los chorizos y las salchichas se pueden simular intestinos”, especifica.
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El proceso detrás de cada creación parte de un cruce entre su creatividad y las técnicas que le ha enseñado la academia. Primero observa referentes del cine o de la imagen que quiere lograr. Luego recurre a su conocimiento en cocina para encontrar la textura adecuada.
“Reviso cuál es la mejor opción para simular el efecto que quiero”, dice. Es una santandereana que apuesta por retar el impacto visual y el sabor en el paladar.
“El choque visual siempre está, pero lo que llamó la atención fue lo bien que se veía en cámara y lo rico que sabía”.

Cocina Roja está en proceso de construcción. Por ahora, Laura trabaja en contenido audiovisual y en el desarrollo de productos. Proyecta consolidar una comunidad interesada en su propuesta. También tiene claro que no es una apuesta para todos.
“Tengo un público objetivo claro”, afirma. A quienes no se identifiquen de entrada, les propone otra forma de acercarse: “Es una experiencia no solo gastronómica, sino muy visual y muy divertida”.













