Espiritualidad
Jueves 10 de diciembre de 2015 - 12:01 AM

A palabras necias, oídos sordos

Hablar de usted suele ser fácil, lo difícil es que alguien ‘se ponga en sus zapatos’ e intente entenderlo. ¡Es un buen mensaje para tanto chismoso que hay por ahí!

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Publicado por: EUCLIDES KILÔ ARDILA

Ya sea por antipatía o porque ha alcanzado un gran logro, de manera desafortunada hay gente que se acostumbra a hablar mal de usted.

Esa persona, a veces sin sospecharlo y sin motivo aparente, se vuelve su enemiga y se empeña en querer apagar la luz de su estrella.

Algunos le rotulan a ese proceder la palabra “envidia”, otros aseguran que es una “mala vibra”. Sea como sea, quien actúa así padece de una falta de amor propio.

Si ha sido víctima de alguien así y su buen nombre anda en la boca de esa clase de persona, tenga presente que la solución no consiste en odiarla.

La clave es blindarse y no hacerles caso a palabras necias.

El mejor antídoto es la indiferencia. Digámoslo con otras palabras: ¿Para qué odiar si puede ignorar de por vida?

Por más peligrosos y venenosos que sean los términos despectivos, usted se mantendrá inmune de esas calumnias y mentiras.

Claro que eso será posible si con ese sujeto decide aplicar el proverbio que reza así: “Dejar hablar, dejar pasar, sonreír e ignorar”.

Jamás olvide que es vergonzoso y de mala costumbre oír estupideces y malos comentarios. Por tanto, es tan censurable el que se dedica a la murmuración, como el que le presta atención a ella; sobre todo si se es el centro de la crítica destructiva.

Es mejor quedarse callado y dejar que el otro se delate con su propia lengua. Por eso, deje que hable.

En últimas, usted sabe quién es, qué hace, qué hizo y qué será capaz de hacer; en cambio su criticón a duras penas solo sabe vociferar su propia amargura.

Hay algo más: lo que la gente escuche decir de usted, más allá de que sea cierto o no, termina devolviéndose contra el chismoso, entre otras cosas, porque lo que se dice en tales condiciones se escucha tan falso como la persona que lo pronuncia.

Suele suceder que con los ladrillos que le lanzan para verlo caer, usted mismo puede construir su propio castillo de fortaleza.

Tenga presente que la envidia casi siempre se mata a sí misma con sus propias flechas. Porque ese que lo critica mucho, en el fondo sólo está defraudado con sus exiguos logros y termina mordiéndose de rabia.

¡Obvio que no hay que alegrarse porque el individuo sufra! Es mejor desearle suerte y esperar que no se muera con el veneno que destila él mismo.

En lugar de desearle el mal a quien intenta dañar su imagen, siga creyendo en usted, llénese de confianza y mire con optimismo su horizonte más allá de las habladurías.

Además, cuanto más le gusten sus decisiones, menos necesitará que les gusten a otros.

¡Dios lo bendiga!

¡ES MEJOR ORAR!

Siempre será infructuoso persuadir a los necios, sobre todo cuando se empecinan en hablar más de la cuenta. En nuestro mundo es clave darles valor a las palabras dependiendo de quien las pronuncia.

No podemos estar dispuestos a tomar en serio algo malintencionado que escuchamos, no solo porque eso contamina el alma, sino porque los comentarios insidiosos suelen venir cargados de rencores.

Los oídos sordos no indican que no escuchemos las palabras en cuestión, generalmente agresivas y absurdas para el destinatario. La estrategia es dejarlas pasar para provocar con ello que sus efectos sean nulos. Con dicha actitud, además, se ridiculiza a quien pronuncia los chismes y usted mismo abre un paraguas para que las murmuraciones no lo ‘mojen’.

Las necedades de los demás jamás serán constructivas. Si en estos momentos estamos rodeados de personas que quieren intervenir nuestras vidas a punta de comentarios destructivos, no respondamos ni aleguemos. Mejor oremos y enviémosles, a través del Espíritu Santo, el correspondiente perdón.

Ahora bien, no debemos actuar ni hacer caso de lo que nos digan, si no estamos seguros de la veracidad y de las buenas intenciones de los consejos que nos ofrecen.

En cualquier decisión o acción que tomemos, debemos mirar en nuestro interior y asumir solos nuestras actuaciones.

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Publicado por: EUCLIDES KILÔ ARDILA

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