Espiritualidad
Jueves 09 de febrero de 2017 - 12:01 AM

El espejo de la realidad

Las apariencias engañan. Hablo de esas mentiras que nos inventamos o de esas ‘verdades’ que no queremos reconocer. No podemos vivir de ilusiones, la realidad siempre es tal cual ella es.

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Publicado por: EUCLIDES KILÔ ARDILA

¡Piense que puede y podrá! Y cuando la salida no esté a la vista, búsquela por otro lado o con otros medios; pero jamás se rinda. Mejor dicho: No se pierda el ahora esperando un futuro que, a lo mejor, no va a vivir.

Esta pequeña entrada es una sana reflexión sobre esas pequeñas o ‘complejas’ cosas del día a día que a veces son invisibles y que, a pesar de ello, representan más de una carga.

La invitación es a vivir feliz y eso solo se logra asumiendo la realidad.

Hay cosas que no podemos negar de la cotidianidad. Las situaciones con las que nos enfrentamos deben ser asumidas con seriedad y dignidad.

¡No podemos tapar el Sol con una mano!

En el amor, por ejemplo, debemos decidir amar aquí y ahora; pero también hay que ‘tener los pies sobre la tierra’ para no caer presos de desilusiones o ser víctimas de esos golpes fuertes que impactan al corazón.

Algunas mujeres, para citar solo el caso de ellas, reprochan que muchos de ‘ellos’ se acostumbran a ‘respirar’ en un mundo de mentiras. Y hay que confesar que eso suele sucedernos.

Lo que también es cierto es que no es el aire el que está contaminado; es nuestra apariencia la que ha enrarecido el entorno.

Las mentiras más crueles son dichas en silencio. De esta forma, les mentimos a nuestras parejas y hasta nos ‘tomamos el pelo’ nosotros mismos con falsas ilusiones.

Algunos hombres, por su parte, conforman redes de farsa y de disimulo, que lo único que hacen es desnudar una absurda filosofía de vida. Lo que no contemplamos es esa extraordinaria intuición que las acompaña a ‘ellas’ y que termina delatándonos tal y como somos.

Esto, a decir verdad, no es un asunto de género, entre otras cosas, porque ocurre con casi todas las personas e incluso con la forma como nos vemos y como vemos a los demás.

La verdad es una sola y no refleja nada distinto a la realidad de las cosas. Cuando admitimos quiénes somos y para dónde vamos, nos sentimos mejor; seamos hombres o mujeres.

Además, la verdad es para los iguales, porque la esencia la transmite el corazón.

Otro paso que siempre acompaña a la verdad es ese que damos al aceptar que una cosa es como llega, no como ‘debería ser’.

Cuando eso ocurra, hay que buscar la forma de asumir la vida de la mejor manera posible, sin caer en el rol de la resignación.

La verdadera fuerza está en el interior, no afuera.

Tanto a ‘ellas’ como a ‘ellos’ podría decirles que deben recibir en sus almas sus valores y sus esperanzas, aunque estén asolados por los zarpazos de la fatalidad o de la incredulidad.

La verdad nos libra de largas y negras horas de desvelo y, además, nos salva de la oscuridad que siempre lleva consigo la mentira. Todo está en nuestros corazones.

Además, ser reales trae consigo tesoros incalculables para nuestra realización.

Recuerde que la belleza de su alma radica en su capacidad de ser sencillo, de disfrutar, de dar, de agradecer, de reír, de perdonar, de soñar en grande y de valorar lo que en realidad es importante.

Todos atravesamos por valles de dolores y al renegar o quejarnos, lo único que logramos es poner más espinas en el camino.

Llene su alma de luz, fortalezca su fe y lleve sus penurias con mansedumbre y paz.

Publicado por: EUCLIDES KILÔ ARDILA

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