Por fortuna, el cáncer ya no es sinónimo de muerte. Una buena actitud, sumada a la fe y a la esperanza, hacen la diferencia a la hora de mejorar la sensación de bienestar y la calidad de vida después de un diagnóstico de esta enfermedad. Conozcamos el caso de Antonia:

Ahora que la Liga del Cáncer promueve una campaña para reforzar el ánimo de muchos pacientes, me transporto a finales de los años 70 y recuerdo la historia de Antonia, una mujer que conocí en mi niñez y a quien, el diagnóstico de esa enfermedad, como un eco luctuoso, embargó los estados de ánimo de muchos.
En aquel tiempo, las personas consideraban al cáncer de manera errónea como un “sinónimo de muerte”. En ese entonces Antonia, que tenía 45 años, se armó de fe para sobrellevar la situación.
Los vecinos del barrio, sobre todo los fieles de la parroquia, a punta de fe, organizaron cadenas de oración. Amigos, familiares y todos nos unimos en un coro de súplicas, implorando al cielo por su curación: eucaristías, velas encendidas, rosarios y otra clase de promesas se ofrecieron por la salud de Antonia.
Pese a ello, el cáncer se aferraba a su existencia y, a pesar de su fe, el mal se resistía a cambiar su curso. Antonia no perdió la fe, ella siguió dando la batalla, como la gran guerrera que siempre ha sido.
Los años se fueron llevando consigo el tiempo y la memoria, dejando sólo la huella imborrable de aquella gesta por esta gran mujer. Antonia, con una fortaleza digna de admiración, fue desafiando las quimioterapias con la misma tenacidad con la que un árbol se aferra a la tierra.
El cáncer ha sido un espectro que la acompaña en su andar, pero aún así no ha podido arrebatarle el brillo de su espíritu.
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En el barrio, la cadena de oración se fue desvaneciendo con el tiempo; e irónicamente las voces que se unían en plegarias se silenciaron una a una. Los amigos de esta gran mujer, aquellos que oraban, fueron llamados al descanso eterno, apagándose como velas al final de una larga noche. De igual forma, papá y mamá, quienes fueron los que más rezaron por la salud de Antonia, murieron después.
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Es sorprendente: Antonia sigue aquí, con 93 años, y se le ve vibrante y llena de esperanza. La vi hace poco, en la misa de aniversario número 27 de la muerte de mis padres, y una profunda sensación de asombro me invadió. El cáncer, esa sombra que la había perseguido durante tantos años a ella, parece haber desaparecido en el horizonte.
El tiempo se ha llevado a casi todos los que habían orado por su recuperación, pero ella sigue aquí, como un testimonio de la poderosa fuerza del espíritu humano. Su vida me ha enseñado una lección invaluable: la fe, la esperanza y la fuerza de voluntad son armas imbatibles contra la adversidad. La enfermedad, incluso la más implacable, no es una sentencia de muerte, sino un reto que se debe asumir con dignidad y fortaleza. Antonia, con su resiliencia, me recuerda que la vida es un regalo que se debe celebrar cada día y que la fe es un escudo que nos protege de las tinieblas.
En la vejez de Antonia encuentro la evidencia del tesón del alma, el cual trasciende la muerte y se eleva hacia la luz divina. Su historia es una prueba de que sí es posible seguir adelante y ratifica la poderosa influencia de lo que siempre escribo en estas páginas: me refiero al pensamiento positivo.
Pacientes de cáncer y de otras enfermedades: la batalla no termina cuando el diagnóstico llega, sino que comienza en ese preciso instante. La mano de Dios y el apoyo de los profesionales de la salud son las estrategias más poderosas que pueden usar. Para la muestra el título de este texto: ¡Antonia está viva!

















