La confianza en nosotros mismos es algo que podemos medir. Basta con pequeños actos de validación personal, con reconocer los logros y atrevernos a dar pasos para que esa línea comience a extenderse, más recta y más firme.

Si tuviéramos que medir la confianza que tenemos en nosotros mismos con un cartabón, ¿cuánto nos marcaría?
Tal vez no sea fácil responder ese cuestionamiento porque, con relativa frecuencia, dudamos de nuestras propias capacidades.
La medida de la autoconfianza, en muchos casos, no alcanza para mucho, porque se va desgastando con los tropiezos o las adversidades por las que pasamos.
Sin embargo, esta pregunta nos invita a detenernos un momento y reflexionar sobre lo siguiente: ¿en qué punto exacto dejamos de creer en nosotros? ¿Cuándo las dudas empiezan a pesar más que la esperanza?
Y surge otro interrogante: ¿qué tanto confiamos en Dios? A veces no confiamos en Él porque sentimos que las cosas no suceden como esperamos o al ritmo que deseamos. Nos invaden las dudas, la impaciencia y la necesidad de tener el control, olvidando que hay un propósito más grande que muchas veces no alcanzamos a comprender.
En esos momentos, nuestra fe se pone a prueba y el silencio de Dios parece ausencia, cuando en realidad es una invitación a fortalecer la esperanza y a creer, incluso cuando no vemos el camino con claridad.
Sabemos que, cuando miramos hacia adentro, aparecen los temores, los recuerdos de los fracasos y esa voz interna que, desafortunadamente, insiste en decirnos que “no podemos lograr nada”.
Cuando un proyecto no sale bien, parece que todo se derrumba. Sentimos ese vacío en el pecho, la mente da vueltas y, en lugar de intentarlo de nuevo, pensamos que no vale la pena.
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Poco a poco, la confianza se quiebra. ¡En efecto! Después de un tropiezo suele llegar la desesperanza. Y, peor aún, perdemos las ganas de seguir.
Creemos que nada va a cambiar, que todo seguirá igual y que el Señor nos abandona. Ojo: Dios no se nos aleja, nosotros somos quienes nos apartamos de Él, tal vez por incrédulos.
Lo cierto es que la fuerza para levantarnos siempre ha estado dentro de nosotros, esperando ser usada.
Muchas veces el problema no está en la falta de capacidad, sino en la poca fe en lo que somos capaces de hacer. Hay talento, esfuerzo y sueños, pero si no confiamos en nosotros mismos ni en el Señor, todo se detiene.
Es como tener el cartabón en la mano y no atrevernos a ponerlo sobre la hoja. Mientras tanto, la vida sigue corriendo y la oportunidad de creer en nosotros se va desvaneciendo.

También pesan las críticas, las comparaciones y los juicios, que pueden dejar marcas más profundas que un fracaso. Cuando escuchamos muchas veces que “no podemos”, terminamos creyéndolo.
Por eso es importante cuidar el entorno, buscar personas que animen, que impulsen y que ayuden a levantar la mirada cuando el ánimo decae.
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Confiar en nosotros mismos no significa creernos mejores que nadie; significa reconocer el valor que cada uno tiene, las capacidades que Dios ha puesto en nuestras manos y la posibilidad de volver a empezar, aunque hayamos caído una y otra vez. Es entender que los tropiezos no borran el camino, solo lo enseñan mejor.

Al final, confiar en nosotros también es perseverar. Es creer que Dios no se equivoca cuando permite que vivamos nuestro propio proceso. En últimas, es aceptar que todo -lo bueno y lo difícil- tiene un propósito.
Nos escriben los lectores

Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo. No obstante, con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. Veamos el caso de hoy:

- Testimonio: “A veces paso por días en los que siento ganas de no hacer nada. Es como si un vacío extraño me impregnara.Lo grave es que no hay una razón aparente. ¿Eso será normal? ¿Qué me puede estar pasando? Le agradezco un consejo”.
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Respuesta: Hay días en los que todo parece perder sentido y, tal como usted lo expresa en su carta, no hay explicación precisa de esa sensación de vacío.
En esos momentos, lo más fácil es dejarse llevar por el desgano. Pero, ha de saber que, incluso en medio de ese desaliento, siempre hay oportunidades para recompone el ánimo.
No le estoy diciendo que niegue o finja que nada pasa, sino de ser empático con usted mismo y tener claro que eso que experimenta no será para siempre.
A veces lo único que se necesita es permitirse sentir sin juzgarse, darse un respiro, aceptar la pausa y recordar que no hay nada de malo en no estar bien todo el tiempo.
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Sin embargo, es mi deber decirle que si esa sensación de tristeza persiste, no estaría de más buscar apoyo profesional. No todo se puede enfrentar en silencio ni en soledad.
Compartir lo que se siente con un sicólogo y con Dios, en la oración, ayuda a aliviar la carga. Hablar libera, y muchas veces, escuchar una palabra de aliento o un simple “aquí estoy” puede marcar la diferencia entre seguir cayendo o empezar a levantarse.
En esos días de vacío, es fundamental cuidar los pequeños gestos: salir a caminar, escuchar música, mirar el cielo, respirar profundo. No son soluciones mágicas, pero son recordatorios de que la vida sigue latiendo alrededor. A veces, lo más valiente que se puede hacer es seguir, aunque sea despacio. Cada paso, por pequeño que parezca, es un avance hacia la luz.
Breves reflexiones

- No importa la edad, siempre se deseará haber comenzado más joven. Sin embargo, recuerde que hoy es el día más joven que le queda, y también el momento perfecto para dar el primer paso, aprender algo nuevo, perseguir un sueño o empezar aquello que siempre ha querido.

- Hacer las cosas con pasión marca la diferencia entre cumplir una tarea y dejar una huella. Cuando se ama lo que se hace, el esfuerzo se transforma en entusiasmo y los retos en oportunidades. Si la pasión se apaga, quizá sea momento de cambiar de profesión y reencontrar el sentido del camino.

- La verdadera grandeza no se mide por el poder ni la posición, sino por la cercanía con los demás. Estar con la gente implica escuchar, comprender y servir. Quien camina al lado de otros inspira respeto genuino, construye confianza y deja huellas más profundas que quien busca imponerse desde arriba.
















