De repente sindicalistas, manifestantes, profesores, líderes comunitarios, mecánicos vinculados con delitos, se convirtieron en objetivo militar de grupos armados, incluso de agentes del Estado sumidos en el crimen.

Los huesos hablaron, revelaron la verdad después de tantos años. Era cierto, tal como lo supimos entonces: estaban lanzando cadáveres al vacío cerca del aeropuerto...
Aquel día, después de masticar el miedo, calcular la expedición, decidimos que debíamos indagar por qué los chulos volaban tan bajito justo sobre la línea de aproximación de los aviones que caen en el inmenso portaaviones de la montaña: el Palonegro. Le puede interesar: Restos humanos en el mirador del aeropuerto Palonegro: habrían sido arrojadas por grupos armados
Aún lo recuerdo porque lo amargo no se borra del paladar, siempre reaparece, como si la regla de vida fuera evocar las pesadillas y no los placeres.
De nuevo, creí sentir bajo las suelas de mis zapatos el crujir de uno de aquellos huesos que de manera inevitable pisé al aterrizar de golpe en una ensenada que apenas se asomaba rumbo a la oquedad.

La punta de mis pies golpeó de manera intermitente la pared de roca, semejando el impulso de un columpio, hasta que pudimos posar sobre tierra firme: ¡track!
Fue como partir una rama seca, pero era el fémur de un cristiano.
La cabeza del fémur se asomaba entre el pasto. Estaba semienterrada, casi oculta entre la basura arrastrada por el barro y el agua. Era la 1:30 de la tarde del miércoles 29 de mayo de 1996.
El corazón se sentía cual recua de jamelgos al galope. Colgábamos de cuerdas como emulando el indescifrable péndulo de Foucault, bajando a saltos hacia el fondo del precipicio convertido por legales e ilegales en una insaciable cripta a cielo abierto.
Publicidad

Al marcar nuestras huellas en el tapiz verde virginal del abismo, el cementerio pareció revelarse: una clavícula, partes de una cadera, una tibia y unas cuantas costillas.
El terreno no era compacto. En la brecha natural que había formado la corriente de aguas lluvias, había otros huesos de menor tamaño. Ya estábamos casi 50 metros en línea recta cayendo hacia el final del abismo.
Había bolsas plásticas, costales, vidrios, llantas, pedazos de soga... Excavando un poco con un pedazo de palo, se asomó una bota pequeña, tipo militar, como de la talla 34.
Todos y nadie sabía de los muertos en Bucaramanga
Todas las partes óseas estaban cerca, lo que indicaba que los cadáveres fueron arrojados desde el mismo lugar, y que tal vez la acción cesó con la instalación de la malla que Asfades había pedido de manera angustiosa, porque madres como Aura María Díaz Hernández ya llevaban dos años en busca de sus muchachos y ese cráter allá arriba surgió como rumor y se volvió caudal de sospechas .
Ella no paraba de preguntar, viajar, deambular de un lado al otro en Santander esperando que alguien le dijera que había visto a César Ariel Sepúlveda, su hijo.
El rostro lozano de sus tiernos 22 años, su sonrisa, el hasta luego del 5 de septiembre de 1994 aún la acompañan.

Lo encontró en una cripta de un cementerio de la provincia guanentina 16 años después, innominado, en una bóveda sin lápida, marcada con un número de inventario de sin dolientes. Ella no sabía. El ADN de los despojos, cruzados en un hallazgo coincidente, le devolvieron la calma, jamás la presencia.
Publicidad
“En Asfades, ahora Guardianes de la memoria, ese mirador ya se había convertido en tema de conversación. Hicimos una caravana hasta allá con alumnos de colegios, acompañadas por Jorge Enrique Calero, para entonces integrante de una iglesia cristiana; lanzamos claveles rojos, blancos”. Los pétalos sembraron la esperanza, aunque no se movió una hoja, hasta que bajamos.
Siguió el hallazgo de los muertos en el mirador del aeropuerto de Bucaramanga
Aquello cien metros abajo era monte, selva casi impenetrable, árboles de amplio follaje que impedían cualquier apreciación aérea, a pesar del tráfico celestial.
Moscas en cantidad, zancudos que no dejaban de acosar los oídos. No olía a nada, quizá a basura, un poco. El aire era caliente y húmedo a la vez.
La quebrada no tenía agua. Solo vimos piedras lisas. La manigua formaba un muro casi impenetrable por la parte baja. Era imposible que alguien entrara por allí a dejar algún cuerpo.
Publicidad
Muchos de los huesos ya estaban blancos, con huellas de las alimañas, algunos forrados con lama, hongos germinando en los extremos. No había prendas de vestir, solo piezas dispersas.
Parte de un maxilar, dos dientes aún incrustados en el molde rojo de lo que otrora fue una prótesis.

Terminó el viaje. Allá, abajo, estaban los cuerpos de quizá otras 15 o 20 personas. Ahora es que se sabe que podrían ser hasta 63.
El descenso, que con las cuerdas se hizo rápido y suave, se convirtió en una pesadilla para los cansados cuerpos. La jornada de retorno terminaría casi cuatro horas después, en medio de un garrafal aguacero.
La profesora Díaz Hernández se pensionó formando parte de un equipo que no declino en la búsqueda de Nepomuceno García, Nilson Sierra, José Manuel Cristancho, Leonardo Amaya, Gerardo Gamboa, Carmenza Landazábal Rosas, Jairo Antonio Acuña, Leonardo Gómez, Cristian Roa, Jairo Álvarez Martínez, Isidro Caballero, Pedro Albarracín... él estaba entre esos huesos que encontramos. Lo sacaron esposado de su casa en 1992; era uno de los muertos que miraban hacia Bucaramanga, estaba entre aquellos cuerpos maltrechos que embutían en llantas y los lanzaban al abismo...

















