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Miércoles 25 de junio de 2025 - 08:36 AM

Gemelos salen de su fiesta de 18 y cometen un crimen que estremece a Londres: esta es la historia

La noche de su cumpleaños número 18, dos hermanos gemelos salieron discretamente de su fiesta familiar en Londres. Lo que ocurrió en las horas siguientes dejó una marca imborrable en su comunidad y desató uno de los casos más impactantes de los últimos años.

Gemelos salen de su fiesta de 18 y cometen un crimen que estremece a Londres: esta es la historia. Foto: perfil de X/VANGUARDIA
Gemelos salen de su fiesta de 18 y cometen un crimen que estremece a Londres: esta es la historia. Foto: perfil de X/VANGUARDIA

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Publicado por: Redacción Mundo

En las fotografías familiares, Jonathan y Robert Maskell sonríen como cualquier adolescente de clase trabajadora en el norte de Londres. Son idénticos: cabello lacio, complexión delgada, mirada huidiza. Lo que nadie imaginaba aquella noche de enero de 2004, cuando cumplían 18 años, es que su fiesta de cumpleaños sería el prólogo de uno de los crímenes más despiadados de los últimos años en el Reino Unido. Una historia que sacudió a la comunidad de Edmonton, quebró para siempre una familia y dejó en la memoria pública el eco oscuro de una traición inimaginable.

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Esa noche, con la casa llena de música y globos, los gemelos recibieron una llamada. La excusa fue simple: un amigo les entregaría una tarjeta de cumpleaños. Salieron sin hacer ruido. Nadie sospechó que era la antesala de una promesa macabra.

A pocas cuadras del lugar, los esperaba Dwane Johnston, un joven de 19 años que apenas llevaba dos días en libertad tras cumplir una condena por conducción peligrosa. Vivía temporalmente con Anjelica Hallwood, una viuda de 74 años que lo había acogido en su casa de Granville Avenue, como ya lo había hecho antes con muchos otros. Generosa, frágil, apenas 1,47 metros de estatura, Hallwood era conocida por su calidez. Para los Maskell, no era una extraña: la llamaban “Nana”.

Aunque no había un vínculo biológico, la mujer los había criado como si fueran sus nietos. Eran hijos de la exesposa del hijo de Hallwood, y por años la visitaban, compartían comidas, recibían regalos. Johnston, además, era pareja de Anna, la nieta biológica de la anciana. Una red familiar compleja, tejida con afectos y silencios, que terminó convertida en una trampa mortal.

El crimen de la “Nana”

Aquella madrugada, los tres jóvenes forzaron la entrada de la casa. Creían, según revelaría luego la fiscalía, que la mujer guardaba hasta 1.300 dólares en efectivo. La realidad era menos espectacular. Johnston fue quien tomó la delantera: golpeó a Hallwood en el rostro, la derribó y presionó su cuello contra el suelo hasta asfixiarla. Los gemelos observaban. Participaban. No detuvieron nada.

Con el dinero en mano, salieron como si nada. Compraron un kebab, recargaron sus celulares y regresaron a la fiesta familiar. Horas más tarde, las cámaras de seguridad los captaron riendo mientras adquirían teléfonos móviles con parte del botín.

Al día siguiente, Joan Hallwood, hija de la víctima, intentó ingresar a la casa de su madre. La puerta estaba asegurada por dentro. Johnston, que aún permanecía en el lugar, deslizó la cadena desde adentro. Joan se encontró con una escena desordenada y con un silencio que ya presagiaba lo peor. Le pidió a Johnston que revisara la habitación. Él volvió minutos después con una frase que se incrustaría como puñal en la memoria de la familia: “Creo que está muerta”.

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Durante días, el caso se desarrolló como un rompecabezas enredado: versiones contradictorias, acusaciones cruzadas, vínculos familiares difusos. Los tres jóvenes se conocían desde la adolescencia. Habían compartido aulas en una escuela para estudiantes con dificultades de aprendizaje. Y aunque sus trayectorias no auguraban grandes delitos, el entorno familiar se había convertido en un caldo de cultivo para la negligencia emocional y la falta de contención.

El caso llegó al tribunal de Old Bailey en 2006. La fiscalía desmontó una a una las coartadas. A pesar de que cada uno intentó deslindarse de la culpa, los Maskell acusando a Johnston, Johnston minimizando su rol, las pruebas eran contundentes: todos sabían lo que iban a hacer, todos participaron, y lo hicieron por codicia.

No puede imaginarse un crimen más despreciable, sentenció el juez Gerald Gordon. Por pura avaricia, y sin importarles el efecto sobre ella, decidieron robar a una mujer que los había tratado como nietos. Podrían haberlo hecho cuando no estuviera en casa, y estaría viva.

La acusación original era por asesinato, pero no se logró probar premeditación directa ni dolo intencional. Fueron condenados por homicidio culposo y robo. Los tres recibieron nueve años de prisión, más tres años adicionales bajo licencia, es decir, bajo vigilancia estricta una vez en libertad.

El crimen dejó más que una condena: dejó un hueco. La comunidad de Edmonton jamás volvió a ver del mismo modo a los hermanos Maskell. Para muchos, eran los nietos de la señora Hallwood. Para la familia, eran parte del árbol familiar. Lo más doloroso no fue la pérdida, sino la traición.

La hija de la víctima, en una carta leída en la corte, expresó: “Mi madre no merecía morir así. Y lo que más duele es saber que quienes la mataron alguna vez la llamaron Nana”.

Veinte años después, el caso vuelve a circular en redes sociales como una historia de horror cotidiano. En plataformas como TikTok y YouTube se han viralizado resúmenes del caso, generando debates sobre la salud mental juvenil, la responsabilidad penal en adolescentes y el valor de los vínculos familiares no consanguíneos.

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No hay registros públicos recientes de los gemelos ni de Johnston. Tras cumplir sus penas, desaparecieron del radar mediático. Algunos rumores sugieren que cambiaron de nombre. Otros creen que aún viven en el Reino Unido, bajo identidad reservada. La familia Hallwood, por su parte, optó por el silencio.

El crimen de los gemelos Maskell no fue solo una tragedia. Fue, también, un espejo cruel de cómo incluso los afectos más sinceros pueden ser quebrados por la ambición y el abandono moral.

Publicado por: Redacción Mundo

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