La discusión sobre la jornada laboral dejó de ser un tema aislado para convertirse en una decisión estratégica de gestión empresarial en América Latina. En varios países de la región, los cambios legales avanzan con un objetivo común: ajustar los tiempos de trabajo a nuevos estándares de productividad, bienestar y competitividad.

Publicado por: Suministrado
Según Buk, esta tendencia responde a factores como el combate al agotamiento laboral, la búsqueda de mayor eficiencia y la necesidad de modernizar la relación entre horas trabajadas y resultados obtenidos.
En ese contexto, la jornada laboral en América Latina se está reorganizando bajo una lógica más orientada al desempeño que a permanencia física en el puesto.
Para las empresas, el cambio no implica únicamente modificar horarios. Supone revisar turnos, indicadores de productividad, cargas operativas, planificación de personal y cumplimiento normativo.
La conversación, por tanto, no debe abordarse desde la urgencia, sino desde la capacidad de anticiparse y adaptar procesos internos sin afectar la continuidad del negocio.
Un cambio regional que exige planificación
América Latina ha mantenido históricamente jornadas extensas en comparación con otros mercados. Sin embargo, la idea de que más horas equivalen automáticamente a mejores resultados ha perdido fuerza.
Cada vez más organizaciones entienden que la productividad depende también de procesos claros, tecnología, liderazgo, bienestar laboral y medición adecuada del desempeño.
En Colombia, por ejemplo, la Ley 2101 de 2021 estableció una disminución progresiva de la jornada máxima semanal, sin reducción del salario ni de las prestaciones de los trabajadores. De acuerdo con el Gestor Normativo de Función Pública, la norma contempla reducciones graduales hasta llegar a 42 horas semanales.
En ese escenario, la reducción de la jornada laboral en Colombia será especialmente relevante en 2026, cuando Buk señala que desde julio la jornada quedará en 42 horas semanales, conforme al cronograma establecido por la Ley 2101.
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El caso colombiano: menos horas, mismas obligaciones salariales
Uno de los puntos clave de la legislación colombiana es que la reducción de horas no puede traducirse en una disminución del salario. El Ministerio del Trabajo de Colombia ha indicado que la aplicación de la Ley 2101 de 2021 mantiene los derechos salariales y prestacionales de los trabajadores durante el proceso de reducción gradual.
Para los empleadores, esto obliga a mirar con mayor detalle la organización interna. Si una empresa debe producir, atender clientes o mantener operaciones con menos horas disponibles por trabajador, necesita identificar dónde existen ineficiencias, duplicidades o tareas que pueden automatizarse.
La transición también abre una oportunidad. Las compañías que preparen sus procesos con anticipación pueden convertir el ajuste legal en una mejora operativa. Esto incluye rediseñar turnos, capacitar líderes, revisar cargas laborales y establecer métricas más precisas para evaluar resultados.
Chile y la ruta hacia las 40 horas
Chile también forma parte de esta tendencia regional. La Ley 21.561, conocida como Ley de 40 horas, entró en vigencia en abril de 2024 e inició una reducción gradual de la jornada laboral. El Ministerio del Trabajo chileno señala que la norma se aplica a trabajadores regidos por el Código del Trabajo y busca llegar progresivamente a 40 horas semanales.
En 2026, la jornada chilena baja de 44 a 42 horas semanales, como parte del cronograma de implementación. Este proceso muestra que los cambios laborales no están ocurriendo de manera improvisada, sino mediante calendarios que dan tiempo a las empresas para ajustar sus modelos de operación.
Para organizaciones con presencia regional, esto es particularmente relevante. Una empresa que opera en varios países debe evitar respuestas aisladas y construir políticas laborales flexibles, capaces de adaptarse a normativas distintas sin perder coherencia interna.
Productividad, tecnología y liderazgo: el verdadero desafío
La reducción de jornada no garantiza por sí sola mejores resultados. Su impacto dependerá de cómo las empresas gestionen el cambio. Una organización con procesos desordenados puede sentir más presión ante la reducción de horas. En cambio, una empresa con roles claros, herramientas digitales y liderazgo preparado puede absorber mejor la transición.
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La gestión del tiempo se vuelve central. Reuniones innecesarias, tareas repetitivas, falta de priorización o comunicación deficiente pueden tener un costo mayor cuando la jornada se acorta. Por eso, el debate debe salir del conteo de horas y entrar en la calidad del trabajo.
También será importante fortalecer la comunicación con los equipos. Los trabajadores necesitan entender cómo se reorganizarán horarios, responsabilidades y expectativas. La claridad reduce la incertidumbre y facilita una implementación más ordenada.
















