Científicos cartografiaron por primera vez la red global de hongos subterráneos que conecta las raíces del planeta. Equivale a mil millones de veces la distancia al Sol, captura el 11% de las emisiones humanas y la agricultura intensiva está destruyendo su densidad a la mitad.

Publicado por: Redacción Ciencia
Debajo del suelo que pisamos existe un gigantesco y silencioso motor biológico que sostiene la vida en el planeta. Por primera vez en la historia, un consorcio internacional de investigadores logró elaborar el mapa global definitivo de lo que la ciencia califica como el “sistema circulatorio” de la Tierra: una vasta e inimaginable red de hongos subterráneos que abarca cerca de 110 billones de kilómetros y resulta vital para la regulación del clima, el ciclo de nutrientes y la seguridad alimentaria mundial.
El histórico hallazgo, publicado este viernes en la prestigiosa revista Science, fue liderado por la Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas.
El equipo combinó muestreos biológicos tradicionales con tecnologías de vanguardia como inteligencia artificial, aprendizaje automático (machine learning) y robótica para revelar una infraestructura viva que hasta ahora era invisible para la humanidad. Además: Cambio climático podría provocar la extinción de hasta el 16% de las especies de plantas del mundo

¿Qué son las micorrizas y por qué actúan como “vasos sanguíneos”?
El mapa se enfoca en los hongos micorrícicos, microorganismos que se asocian íntimamente con las raíces de las plantas en una relación de beneficio mutuo (simbiosis). Estos hongos extienden millones de filamentos microscópicos llamados hifas, las cuales funcionan como verdaderas autopistas biológicas para intercambiar agua, carbono y fósforo.
La magnitud física de esta red desafía las proporciones de nuestra mente: Su longitud total suma aproximadamente 110 billones de kilómetros, lo que equivale a mil millones de veces la distancia de la Tierra al Sol.
Además almacena cerca de 300 megatones de carbono, una masa que supera entre cuatro y seis veces el peso de todos los seres humanos que habitan el planeta actualmente.

El escudo definitivo contra el cambio climático está bajo tierra
Más allá de su asombroso tamaño, el estudio resalta el rol crítico de esta red en la mitigación del calentamiento global. Las redes fúngicas transportan y fijan en el suelo aproximadamente 4.000 millones de toneladas de dióxido de carbono ($CO_2$) al año. Se recomienda: Colombia es el sexto país en Latinoamérica que más CO2 emite: ¿Cómo reducirlo?
Esta cifra representa el 11% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero generadas anualmente por las actividades humanas.
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Gracias al desarrollo de modelos predictivos alimentados con más de 16.000 muestras reales de suelo tomadas en desiertos, tundras y bosques de todo el globo, el nuevo mapa interactivo identificó los “puntos calientes” o santuarios con mayor densidad de esta infraestructura viva.
En primer lugar, los pastizales globales que albergan el 40% de los hongos más comunes (micorrizas arbusculares).
Y además regiones específicas como los pastizales inundados de Sudán del Sur, los Everglades en Florida (EE. UU.) y la meseta tibetana registran las concentraciones de red más altas y saludables del mundo.

La agricultura intensiva: la gran amenaza
El mapa no solo funciona como una herramienta de descubrimiento, sino también como una severa alarma medioambiental. Los modelos revelaron que las grandes extensiones destinadas a la agricultura intensiva sufren una reducción del 50% en la densidad de estos hongos en comparación con los ecosistemas vírgenes. Lea: El campo impulsa la economía: agro crece más del doble que el promedio nacional en el primer trimestre de 2025
El uso indiscriminado de maquinaria pesada, fertilizantes químicos y la alteración agresiva del suelo están cortando los “vasos sanguíneos” de la Tierra, limitando drásticamente su capacidad natural para atrapar carbono y acelerando el desgaste de los suelos fértiles.
Con la publicación de este mapa interactivo, la comunidad científica espera que los líderes políticos e internacionales rediseñen las estrategias de conservación, entendiendo que para proteger la biodiversidad de la superficie, primero es imperativo salvar el complejo tejido que mantiene viva a la Tierra desde sus entrañas.














