martes 05 de marzo de 2019 - 12:00 AM

El odio como estrategia política

El poder del mensaje de Trump, directo y populista, se ha apropiado del escenario político en Estados Unidos. Todo parece girar en torno a su figura.
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Cuatro palabras resumen lo que ha sido el mandato de Donald Trump al frente de la Presidencia de Estados Unidos: nacionalismo, populismo, proteccionismo y beligerancia.

Su irrupción en la política estadounidense ha estado acompañada de un discurso de odio como estrategia política de un presidente que ha demostrado tener tendencia al drama.

A medio camino de su gobierno, Trump ha venido desplegando toda la artillería pesada con una narrativa cambiante e impredecible, a merced de sus caprichos y temperamento.

Para algunos críticos y observadores, lo que más resulta inquietante de esta retórica agresiva es que los estadounidenses han terminado por acostumbrarse a esa forma de actuar de su Comandante en Jefe, quien ha venido invocando esos sentimientos de “grandeza estadounidense”, de “nuevo orgullo nacional”, pero también reavivado tendencias xenófobas, machistas y autoritarias.

De hecho, se habla de que el número de grupos radicales que operan en el país alcanzó un récord al situarse en 1,020 en 2018, lo que supone el cuarto año consecutivo de un incremento que coincide con la instalación de Trump en la Casa Blanca, precisa la organización Southern Poverty Law Center.

Además, su retórica se ha tornado en política pública y medidas pública prejuiciosa, como la intención de construir el muro en la frontera con México, la cancelación del DACA, el recrudecimiento de las leyes de asilo, la pelea que tiene cazada con la prensa o la guerra comercial que libra con China.

Es un tema de estrategia, considera Fabián Gamba, docente del programa de Negocios y Relaciones Internacionales de la Universidad de La Salle.

“Él tiene que endurecer su imagen, en especial desde la base del rechazo a ese otro que ha hecho de América un lugar que ya no es para los americanos”, sostiene.

Y agrega, “en esa medida, para poder empezar a endurecer sus políticas de migración y de relación con otros Estados, va a necesitar tener respaldo popular, en el sentido de, gente en la calle diciendo que tiene razón e identificándose con esas ideas”.

Tensión de alto voltaje

David Peña, docente de Derecho Internacional de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, comparte esta opinión, asegurando que este tipo de discurso obedece a una estrategia política que va en contra de los principios del derecho internacional, de coexistencia, cooperación y reciprocidad.

No obstante, reconoce que sí funciona en la política interna para desviar el rumbo de la situación, “y generar una tensión de alto voltaje en las relaciones internacionales, que puede incidir en el campo económico y bursátil”.

Del mismo modo, advierte que esta clase de actuaciones, no le trae nada positivo a la comunidad internacional y genera unas expectativas de riesgo a la sociedad internacional.

Otro peligro que observa Gamba, es que “todo discurso de odio tiene como riesgo el agenciamiento de violencia de distintos tipos y, en el caso del mundo político, el riesgo más grande es la polarización que puede llevar a problemas de gobernabilidad de los estados”.

Es más, admite que “estos nacionalismos a los que se viene apelando en todo el mundo en años recientes, no son nuevos, fueron el modelo propio del siglo XIX y llevaron a las grandes guerras del XX”.

Argumenta lo anterior en el hecho de que son discursos peligrosos, en tanto se sustentan en lo más personal de cada individuo, haciendo colectivo eso que todos vemos como negativo; de estos discursos es fácil saltar a un discurso que fije a un grupo poblacional o a otro Estado como enemigo, lo que puede llevar a situaciones de inestabilidad en el sistema internacional”.

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Exacerbar ánimos

En tanto, Mario Morales, analista y profesor de la Universidad Javeriana, hace alusión a un asunto que se centra en exacerbar los ánimos y las emociones, atizar las creencias y poner de presente los prejuicios que sólo generan en el público indignación y rabia.

A renglón seguido, explica que “él no tiene otra manera de expresarse, jugársela por la exacerbación y ubicarse en el centro del debate, es la carta que ha jugado y le ha funcionado en los negocios, ha obtenido resultados en la parte económica” si bien no tanto en el ámbito internacional”.

Morales además, destaca que Trump es el resultado de un proceso social y político y “existe porque hay norteamericanos que piensan como él”.

En otras palabras, dice que Trump sabe que a los estadounidenses les interesa dos cosas: la economía y el discurso nacionalista.

Sin embargo, el profesor Gamba identifica una desventaja en Trump y es que carga con la mala imagen de un gobierno que no ha sido muy aceptado, sobretodo por sus opositores y por muchos en el sistema internacional.

Si bien aclara que “realmente no es un discurso tan distinto como el que manejó en cierto momento George W. Bush frente al tema de Medio Oriente, y lo que se denominó guerra del terrorismo”.

En ese orden de ideas, destaca que en ese caso se trata de una nueva modalidad de radicalismo, pero que en Estados Unidos ha existido en muchos presidentes anteriores al republicano Donald Trump.

Lea además: Donald Trump ha desatado políticas por su particular estilo de gobernar

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El presidente contrataca
Acosado por una investigación sobre posible infiltración rusa en la campaña electoral de 2016, el presidente Donald Trump lanzó este fin de semana uno de los ataques más duros durante un mitin contra el fiscal especial Robert Mueller. Su embestida se dirigió también contra el exjefe del FBI, James Comey y el partido Demócrata.
“Desafortunadamente pones a la gente equivocada en un par de puestos y dejan a gente durante largo tiempo que no deberían estar allí, de repente tratan de sacarte (de la presidencia) con sandeces”, recriminó el mandatario estadounidense, quien ha calificado a la investigación del fiscal Mueller como “cacería de brujas”.
Su discurso ocurre en una semana difícil, luego de que su exabogado, Michael Cohen, lo tachara de “racista”, “estafador” y “tramposo” en una audiencia en el Congreso.
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