miércoles 10 de noviembre de 2021 - 3:15 PM

“Odio dormir”, la queja de un español después de pasar 35 años en coma

El poeta español Manel Monteagudo quedó en coma a raíz de un accidente que sufrió en Iraq a bordo del barco en el que trabajaba. Era 1979, y tenía 22 años cuando su vida quedó en el ‘limbo’.

Odio dormir”, este es uno de los pocos peros que pone a la vida Manel Monteagudo, un marino poeta al que, como a todos, la pandemia de la COVID-19 le hurtó mucho tiempo de vida pero nada comparable al coma en el que permaneció 35 años, desde el día que cumplió 22 hasta los 58.

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Cuando abrió los ojos, él, que se había quedado en la Transición, se enfrentó al espejo y vio a un viejo. Fue muy duro asumir ese hecho.

Ocurrió el 28 de febrero de 1979, día de su cumpleaños, mientras trabajaba en un mercante alemán en Basora (Iraq). Se subió a una escalera para reparar una pieza y, debido a un infortunio, acabó desplomándose desde una altura de seis metros.

“Allá me voy”, es el último pensamiento que recuerda Manel cuando sufrió el grave accidente.

El 15 de octubre de 2014, al abrir los ojos, creyó, equivocadamente, que seguía en el país asiático. Pero se vio en una cama muy grande y en una habitación con las paredes “muy bien pintadas”; hechos, ambos, cuenta que no le “pegaban” con aquel lugar.

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Estaba solo en ese momento. Aunque poco tardó en aparecer Conchi, su novia desde que él tenía 18 años y ella 15. La reconoció aunque no entendía la razón por la que peinaba canas, “tantas además”.

Una persona que ha estado durante décadas adormecida necesita un proceso de rehabilitación lento y lo más difícil es la reintegración social.

Manel necesitó volver a aprender a caminar, a ir al baño, a hablar... En los comienzos se hacía entender con aspavientos, con los movimientos que buenamente podía articular.

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Se acostó padre y se despertó abuelo

Todo era nuevo para él. Su casa ya no estaba en Noia (A Coruña); residía en un domicilio conyugal, en Vigo (Pontevedra). De sus progenitores, con los que convivía, solamente quedaba ella, que tenía demencia y duró tres años más. Él había fallecido.}

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Su estado civil era el de casado, la única manera que Conchi, que “trajo un cura”, encontró para poder cuidarlo, por la moral de entonces, que penalizaba la convivencia sin un contrato matrimonial.

Manel no era padre y, alguien que hoy es doblemente abuelo (de un niño y una niña), se encontró con dos maravillosas hijas, que ahora tienen 37 y 26 años.

Hay detalles de su experiencia que Monteagudo comparte y otros que, con humildad, ruega que continúen formando parte de la esfera íntima.

Este esposo y poeta de oficio, cuando ‘revivió’, se sentía instalado en un permanente pasmo.

No sabía que existía internet, la única fibra óptica que conocía era la de alta mar, y en el presente navega por la red “como antes por el océano”.

No le constaba que hubiese más de dos canales de televisión, y se extrañó enormemente del éxito de programas donde “gritan como gallinas”.

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Mucho menos conocía qué era un mando a distancia y el significado de “todos esos botones”.

Cuando llegó a sus oídos que España había ganado un Mundial de Fútbol en 2010 lo puso en duda y, con sarcasmo, preguntó si los otros eran “cojos”. “¡Si siempre nos quedábamos en cuartos! Venga ya”.

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“Raro, era todo raro”, confiesa pronunciando con dificultad la erre, una de las secuelas que le ha quedado, junto a otras, como la imposibilidad de coger peso o de bajar la cabeza durante demasiados minutos porque se marea.

“Yo hablaba bien. Qué más da. Esta afectación en las cuerdas vocales es ‘pecata minuta’. A mi edad ya no tengo complejos”, espeta.

Su casa es un oasis dedicado a la jardinería, una de sus pasiones. Y, junto a él, camina su perro, al que ha puesto “Toxo” de nombre.

Los médicos le dijeron a la familia que no había posibilidades de recuperación.

“Todos los días hacemos 20 kilómetros, 10 de ida y otros tantos de vuelta”.

Adora a su animal de compañía, y con su compañera y cuidadora, que es enfermera, se deshace en elogios. “Lo suyo ha sido un sacrificio total. Ella me dice que soy muy empalagoso. Pero es que no tengo palabras. Los médicos estaban seguros de que mi único camino era ir hacia el cementerio y esta mujer nunca se lo creyó”.

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Todos los días le dice Manel a su “Conchita” unos “te quiero” unas quince veces y cariñosamente le muerde una oreja.

No lo oculta. Es un romántico empedernido. No en vano, la última película que vio y que le tocó la fibra es “El diario de Noah”, cinta en la que, en una residencia de ancianos, un hombre lee a una mujer, con alzheimer, una historia de amor escrita en su viejo cuaderno de notas.

“Vida, quiero vivir”

Es la historia de Noah Calhoun y Allie Nelson, dos muchachos que a pesar de pertenecer a clases sociales distintas se enamoraron y pasaron juntos un verano inolvidable, antes de ser separados, primero por sus padres y más tarde por la guerra.

La aventura de Manel y Conchi es digna de otro filme.

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“¡Qué más puedo pedir!”, exclama el protagonista masculino de esta experiencia real. Y se responde a sí mismo: “Vida, vivir, quiero vivir, sobre todo por y para ellos, y compartir vivencias y más vivencias”.

Si puede ser en torno a un cocido, mejor. “Ese sabor es algo que no se olvida”, bromea.

Manel está a punto de sacar su quinto libro de poesía. Se puso a juntar letras desde que resucitó. En la crisis sanitaria, escribió con frenesí. Su propio relato saldrá, aunque “todavía tardará un tiempo”.

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