Para estos días vienen muy bien dos series televisivas: una aborda las dificultades juveniles en los tiempos actuales, y la otra hace referencia al oportunismo político que siempre ha acompañado a la humanidad.
Para estos días de reflexión vienen muy bien dos series televisivas que han obtenido sobresaliente favorabilidad de los amantes del mundo audiovisual y destacado reconocimiento de la crítica especializada. Una aborda las dificultades juveniles en los tiempos actuales, y la otra hace referencia al oportunismo político que siempre ha acompañado a la humanidad.
“Adolescencia”, motivada por la ola de violencia juvenil que sacude a Gran Bretaña, está relacionada con las conductas funestas que se desarrollan a edad temprana. Jamie, el protagonista de 14 años, se ve agobiado y maltratado hasta el punto de cometer el asesinato de una compañera de clase. El uso ininterrumpido del plano secuencia en cada uno de los cuatro capítulos le agrega singular dramatismo al relato y atrapa al espectador.
En su hogar, donde aparentemente todo estaba en orden, el muchacho buscó refugio seguro en su habitación y se hizo dependiente del internet. Las descalificaciones que recibía a través de las redes sociales y el acoso escolar le ocasionaron el quebrantamiento de su personalidad y el convencimiento de su ninguna importancia. El ser señalado como incel (célibe involuntario), denominación aplicada por sus contemporáneos a quienes por efecto de la regla del 80 – 20 (según la cual el 80 % de las mujeres siente atracción solo por el 20 % de los hombres) no pueden conseguir pareja, lo condujo al círculo de la manósfera en el que se difunden discursos misóginos. La confesión de la terrible acción lleva a sus padres al concluyente interrogante: ¿debimos haber hecho más?
“Gatopardo”, basada en la novela de Guiseppe Tomasi di Lampedusa ha sido reducida popularmente a la sentencia “si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie…”, que Tancredi Falconieri le hace a su tío, el príncipe de Salina, para justificar su militancia en las huestes de la reunificación italiana. El príncipe observa una callada distancia ante la audacia de su sobrino, al apreciar que su familia mantendría privilegios y fortuna si establecen vínculos de influencia con los revolucionarios.
La serie le confiere singular relevancia a la pintoresca actitud del corrupto alcalde del pueblo Donna Fugata, quien, al percatarse del ingreso del batallón de las camisas rojas de Garibaldi, no duda en cambiar su banda pectoral borbona por la de la naciente república italiana. Oportunismo que le permitió organizar y fraguar el escandaloso fraude en las nuevas elecciones generales y conservar su posición. El relato novelesco de los hechos sucedidos en 1860 parece repetirse en el mundo una y otra vez, y nuestro país no ha sido ajeno a similares mutaciones políticas.











