Publicidad

Columnistas
Miércoles 22 de abril de 2026 - 01:00 AM

El silencio que también es violencia

Compartir

En Colombia, la violencia contra las mujeres sigue teniendo múltiples rostros. Algunos son visibles y estremecen titulares; otros, más silenciosos, se esconden en la cotidianidad de los hogares. La violencia vicaria —aquella en la que los hijos son utilizados como instrumento para dañar a la madre— es quizá una de las expresiones más crueles de ese sistema. Y, sin embargo, sigue siendo una violencia poco nombrada. En 2024, organizaciones sociales documentaron más de 3.000 casos en Colombia, en un contexto donde ni siquiera existe una tipificación clara en la ley.

Pero antes de que esa violencia llegue a su forma más extrema, hay un terreno fértil donde crece: la violencia silenciosa. La que no deja moretones, pero sí miedo. La que controla el dinero, las decisiones, los vínculos. La que hace que muchas mujeres callen porque saben o sienten que hablar puede costarles a sus hijos.

Solo entre enero y noviembre de 2025, más de 27.000 mujeres fueron víctimas de violencia intrafamiliar o sexual en el país. Santander no es ajeno a esta realidad. En el departamento se denuncian en promedio 13 casos diarios de violencia intrafamiliar, y el 73% de las víctimas son mujeres. Más aún: se registran 223 casos de violencia contra la mujer por cada 100.000 habitantes, con miles de episodios que incluyen violencia psicológica, negligencia y abuso.

Las cifras muestran lo evidente: la casa sigue siendo el lugar más peligroso para muchas mujeres. Y los agresores, en su mayoría, hombres cercanos.

Entonces, ¿por qué seguimos callando?

Porque el silencio no siempre es debilidad, es el resultado de años de manipulación emocional, de dependencia económica, de amenazas veladas. Es el miedo a que una denuncia termine en retaliación: en la pérdida de los hijos, en el aumento de la violencia, en la indiferencia institucional.

La violencia vicaria se sostiene precisamente sobre ese miedo. No comienza cuando un hombre usa a los hijos para hacer daño; comienza mucho antes, cuando una mujer aprende que su seguridad, y la de sus hijos, depende de no incomodar al agresor.

Y ahí está el verdadero problema: seguimos esperando que las mujeres hablen, sin garantizar que hacerlo sea seguro.

Nombrar la violencia vicaria es urgente. Pero no suficiente. Se necesita reconocer también esa red invisible de violencia psicológica, emocional y económica que la precede. Porque mientras esas formas sigan siendo minimizadas, seguiremos llegando tarde, cuando el daño ya es irreparable.

El silencio, en Colombia y en Santander, no es ausencia de violencia. Es, muchas veces, su consecuencia más evidente.

Elija a Vanguardia como su fuente de información preferida en Google Noticias aquí y únase a nuestro canal de Whatsapp acá.
Comentarios

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día