Voltaire, que entendía la fragilidad del juicio popular, advertía lo irónico que resulta para un pueblo hastiado abrazar al “hombre necesario” como su salvador, sin reparar en que este puede ser su verdugo.
El país parece hundirse en la ética que se disuelve y la política que pierde su consistencia. El pensamiento crítico ha sido reemplazado por consignas populistas y el ejercicio ciudadano asimilado a devoción ciega. La delincuencia y transgresión de la norma han obtenido preeminencia social, la corrupción ha conllevado a la descalificación de las instituciones y la política se ha degradado al engaño de una prédica redentora… ¡El mundo al revés!
Platón apreciaba que el gobernante tiránico nacía del ego desbordado, la sospecha enfermiza y el desconocimiento de interlocutores válidos; del buscar moldear a la polis a su imagen y acusarla de traición cuando no cedía a sus caprichos. Condiciones que se reflejan en el presidente Petro que cuestiona al Congreso cuando no aprueba sus iniciativas, desacredita a la justicia si sus fallos no coinciden con sus interpretaciones, subestima al periodismo al considerarlo vocero de intereses oscuros, maltrata a funcionarios y se muestra ajeno a los fracasos de su propio gabinete. El líder que se dice “pueblo” mientras actúa como voluntad única.
Voltaire, que entendía la fragilidad del juicio popular, advertía lo irónico que resulta para un pueblo hastiado abrazar al “hombre necesario” como su salvador, sin reparar en que este puede ser su verdugo. ¿Cuántas veces se ha aclamado como revolución a lo que simplemente fue un relevo de déspotas? ¿Cuántas veces se ha instrumentalizado al pueblo para servir de escudo a buscadores y adictos al poder?
No obstante, los yerros no son solo del gobierno. La oposición tampoco ha estado a la altura, pues ha olvidado que también se es protagonista desde la palabra y el ejemplo. Incapaz de articular una visión coherente de país, se ha replegado en mezquindades, cálculos electorales y discursos vacíos. Más interesada en destruir al adversario que en establecer alternativas, ha contribuido a la erosión del debate público. En su confusión ha terminado por aceptar el guion oficialista que sustituye el fervor por la razón.
Sin embargo, las ideas, planteamientos, críticas o fundadas preocupaciones poco servirán si los ciudadanos no despertamos. Si continuamos aceptando ser parte de una masa amorfa, indiferente o fanatizada, que repite lo que oye y camina en multitud. Cada uno de nosotros debemos volver a ser sujetos políticos: observar, cuestionar, exigir, discernir. No somos únicamente votos ni audiencias.
No hay democracia que sobreviva sin deliberación, respeto por los procedimientos e instituciones fuertes. Colombia no necesita redentores. Requiere que los ciudadanos, aún en medio de la frustración, no cedamos nuestra voz al griterío del poderoso.












