El artista bumangués Gustavo Sorzano, considerado uno de los pioneros del arte conceptual en Colombia, presenta Reinterpretando íconos en el Museo de Arte de Caldas, en Manizales.

Publicado por: Redacción Cultural
La Mona Lisa abandona por un momento su sonrisa enigmática. El Hombre de Vitruvio deja atrás la proporción perfecta. Un duque renacentista es fragmentado y el capitán Haddock irrumpe en los dominios de la historia del arte. En la obra de Gustavo Sorzano ninguna imagen permanece quieta: todas pueden desplazarse, repetirse, transformarse y adquirir nuevos significados.
Ese universo visual llega al Museo de Arte de Caldas con Reinterpretando íconos, una exposición que será inaugurada este jueves 6 de agosto, a las 6:30 p. m., en el Centro Cultural y de Convenciones Teatro Los Fundadores, en Manizales. La entrada será libre.
Nacido en Bucaramanga, Sorzano pertenece a una generación que comenzó a borrar las fronteras entre las disciplinas artísticas durante las décadas de 1960 y 1970. Su formación en arquitectura y música en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, le permitió acercarse al arte desde el espacio, el sonido, la tecnología, el diseño y la participación del público.

En Cornell gestó y dirigió el grupo Musika Viva Ensemble. Con este colectivo presentó en 1968 Momentum I: In Memoriam of Marcel Duchamp, una experiencia que combinó música electrónica, improvisación, piano preparado, objetos cotidianos y acciones participativas. El acontecimiento ocurrió en una época en la que artistas como Marcel Duchamp y músicos como John Cage cuestionaban la idea de la obra de arte como un objeto terminado y separado de la vida.
Al regresar a Colombia, Sorzano trasladó esa experiencia al Instituto de Investigaciones Estéticas de la Pontificia Universidad Javeriana, donde impulsó el grupo Música Viva. Sus integrantes utilizaron sonidos electrónicos, luces, proyecciones, fotografías y recorridos por el espacio para crear ambientes en los que el público debía caminar, observar, reaccionar y participar. Estas exploraciones lo situaron entre los precursores del arte conceptual y participativo en el país.
Su trayectoria, sin embargo, nunca siguió una sola dirección. Sorzano se movió entre la arquitectura, la publicidad, el diseño gráfico, la música y las artes visuales. Esa circulación entre mundos, que hoy permite comprender la riqueza multidisciplinaria de su obra, también dificultó durante años su ubicación dentro de las categorías tradicionales del arte colombiano.

La historiadora María Mercedes Herrera Buitrago ha estudiado esa posición singular y las razones por las cuales su nombre quedó parcialmente al margen de los relatos institucionales que se construyeron alrededor del arte conceptual en Colombia. Su investigación destaca que la cercanía de Sorzano con la publicidad y el diseño llevó a que su producción fuera observada desde una idea restrictiva del artista “puro”, pese al carácter pionero de sus experimentaciones.
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Reinterpretando íconos permite regresar a esa trayectoria y reconocer la coherencia de una obra construida desde la mezcla de lenguajes. La exposición reúne trabajos producidos durante más de cuatro décadas y se articula alrededor de una pregunta que ha acompañado al artista: ¿qué sucede cuando una imagen reconocida es sometida a un nuevo sistema de relaciones?
Más que citar obras célebres o reproducirlas, Sorzano se apropia de ellas para alterar los relatos culturales que las rodean. Sus referencias provienen de la pintura, la arquitectura, la literatura, la música, el diseño y la cultura popular. En ese cruce, los íconos dejan de ser piezas intocables y se convierten en territorios abiertos a la interpretación.

Una de las series centrales es Partituras mentales–Warholisas, desarrollada desde la década de 1970. En ella, Sorzano parte de la Mona Lisa, posiblemente una de las imágenes más reproducidas de la cultura visual occidental, para establecer un diálogo entre el Renacimiento de Leonardo da Vinci y la lógica industrial del arte pop de Andy Warhol.
Cada variación modifica a la anterior. La Gioconda se repite, se fragmenta y se superpone hasta convertirse en lo que el propio artista denomina una “Warholisa”: una imagen que ya no funciona como un objeto estable, sino como un pensamiento en permanente movimiento. Dos piezas de esta serie, Warholisa Yolisa y Warholisa Egolisa, hacen parte de la colección del Museo de Arte Moderno de Bogotá.
La exposición también presenta Vitruvius, iniciada en 1975, en la que el Hombre de Vitruvio pierde su condición de medida universal. Mediante cajas ensambladas, franjas de color, objetos y cuerpos fragmentados, Sorzano desarma la unidad de la composición renacentista para crear nuevas relaciones espaciales y perceptivas.
En Federico Gonzaga, el artista interviene el retrato del duque de Mantua pintado por Tiziano. En lugar de conservar la solemnidad y el poder de la figura histórica, dirige la mirada hacia detalles aparentemente secundarios, como la mano que reposa sobre el perro. La obra original se desestructura y el pasado comienza a ser interrogado desde el presente.
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El humor y la ironía aparecen con mayor fuerza en La histeria del arte, una serie en la que las grandes obras de la tradición occidental son trasladadas a situaciones inesperadas. La solemnidad del museo se transforma en juego y las imágenes históricas se convierten en acertijos capaces de cuestionar las jerarquías culturales.
Esa desaparición de las fronteras entre la llamada alta cultura y la cultura popular también atraviesa Las pesadillas de Haddock. El personaje de las aventuras de Tintín entra en diálogo con figuras del arte, la literatura y la política, recordando que la memoria colectiva no se construye únicamente en los museos: también habita los cómics, los libros ilustrados y los objetos cotidianos.
La muestra se completa con El Muro de Berlín, un conjunto desarrollado durante la década de 1990. Sorzano transforma la caída del muro en una reflexión sobre las fronteras visibles e invisibles que todavía dividen la experiencia contemporánea. La ruina deja de ser solamente el vestigio de un acontecimiento político y se convierte en memoria del conflicto.
Aunque recorre buena parte de la trayectoria de Gustavo Sorzano, Reinterpretando íconos no funciona como una retrospectiva convencional. Es, sobre todo, una invitación a mirar de nuevo y a reconocer la obra de un artista que comprendió, desde temprano, que la creación podía ocurrir entre un plano arquitectónico, una partitura, una pieza publicitaria, un sonido electrónico o una imagen conocida por millones de personas.
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En ese territorio abierto por Sorzano, ni siquiera la Mona Lisa puede seguir siendo la misma.















