El destacado educador Julián de Zubiría Samper, en reciente entrevista, evocaba una apreciación de Gabriel García Márquez, según la cual: “La educación tiene que ser inconforme y reflexiva desde la cuna hasta la tumba”. De ahí que cuando persistimos en enseñar con métodos del pasado para una época que ya no existe, debemos estar dispuestos a enfrentar realidades como la falta de pertinencia y la creciente expresión de muchos jóvenes que se preguntan: ¿estudiar para qué?
Estas manifestaciones no son reacciones súbitas frente al futuro incierto al que se ven abocados los adolescentes. Por el contrario, son el resultado de una sociedad que ha perdido referentes éticos, del impacto desbordado de las redes sociales —que ha debilitado su salud mental— y del desencanto con una educación básica y media que poco les ha aportado; de una incipiente primaria y de un ciclo preescolar inexistente para la gran mayoría de nuestros infantes. Basta con señalar que el 50 % de los estudiantes que presentan la prueba Saber 11 no identifica la idea principal en dos párrafos, y que su comprensión lectora equivale a la de un niño de siete años en países desarrollados.
No se ha comprendido la urgencia de transformar la formación docente, renovar los lineamientos curriculares, y fomentar el trabajo en equipo, el arte, la ciencia, la argumentación oral, el pensamiento crítico, la empatía y las competencias éticas. Sin embargo, año tras año esperamos los resultados de las pruebas ICFES de evaluación del conocimiento, anhelando la mejoría que nunca llega, porque continuamos haciendo lo mismo o incluso peor. Parodiando a Lampedusa: “queremos que todo cambie, pero sin cambiar nada”. De Zubiría señala con contundencia: “si tu líder político no tiene una real convicción de la importancia de la educación y no se comporta en consecuencia, debes cambiar de líder”.
Para impulsar el cambio educativo que Colombia necesita, debemos abandonar el sistema de grados y acoger la formación por ciclos de desarrollo. Comprender que el mundo demanda competencias que hoy no se están formando en la escuela. No avanzamos porque hemos dejado de lado las variables fundamentales de la calidad: la formación continua y la evaluación rigurosa de los docentes, y un currículo que, en lugar de transmitir información, forme ciudadanos capaces de pensar críticamente, con autonomía y conciencia ética.
Las expresiones de apatía o desinterés por el estudio no son anecdóticas. Deberían constituir una preocupación nacional. Hoy cobra más vigencia que nunca el proverbio: “Si no estás dispuesto a aprender, nadie te puede ayudar. Si estás dispuesto a aprender, nadie te puede parar”.












