¿Quién no recuerda aquellas madrugadas en las que, con la luna aún colgada del cielo, salíamos rumbo al colegio como si fuera un castigo? El bus pasaba a las 5:20. Adentro viajábamos una tropa de niños cabeceando contra las ventanas, mientras una emisora pachanguera sonaba a todo volumen para mantener despierto al conductor. Éramos zombies enfrentando una jornada escolar desde las seis en punto, con el cuerpo pidiendo cama y la mente en huelga.
Nadie puede pensar en esas condiciones. La infraestructura escolar pública se organiza en dos jornadas —mañana y tarde— para que los salones y pupitres alcancen. Eso obliga a que millones de niños ingresen al aula cuando el sol aún no ha terminado de salir. Mientras tanto, la anhelada jornada única choca con la escasez de aulas, el exceso de carga docente y un sistema incapaz de ponerse al día.
El otro factor es que poseemos el inútil premio del país más madrugador del mundo. Nos levantamos en promedio, a las 6:30 de la mañana, y si los padres salen temprano, los hijos deben ajustar su jornada escolar a ese ritmo. Sin embargo, madrugar no nos hace más productivos. Un trabajador colombiano aporta apenas 20,5 dólares al PIB por cada hora laborada, frente a los más de 67 dólares del promedio de la OCDE. Aquí se trabaja mucho pero se produce poco. Y en educación, los resultados tampoco reflejan el sacrificio.
Las pruebas PISA 2022 lo confirman. Obtuvimos 383 en matemáticas, 409 en lectura y 411 en ciencias. El promedio OCDE fue de 472, 476 y 485, respectivamente, lo que deja al país rezagado hasta en 90 puntos. Más de la mitad de los estudiantes no alcanzaron las competencias básicas en ninguna de las tres áreas. En pensamiento creativo, solo el 55% llegó a un nivel básico, frente al 78% del bloque. En resumen, madrugamos, pero no aprendemos.
Por otro lado, los estudios de la Academia Americana de Pediatría recomiendan que los adolescentes comiencen clases después de las 8:30 de la mañana para garantizar su rendimiento académico, su salud mental y la calidad del sueño. En Estados Unidos, Finlandia y España se han probado estos horarios con mejoras evidentes en notas, asistencia y comportamiento.
Es cierto que mover el reloj escolar implicaría grandes ajustes, aun así, la evidencia es innegable.
Entrar más tarde no es un capricho, es una inversión en aprendizaje y bienestar. La pregunta es si tendremos el valor de romper con la tradición del “al que madruga Dios le ayuda” y diseñar políticas basadas en datos. Tal vez así, en lugar de niños dormidos en un bus, veríamos rostros despiertos, dispuestos a aprender e impulsar la transformación del país.










