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Viernes 31 de julio de 2026 - 01:00 AM

El vino, la poesía y un jardín

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Le debo a cierta Historia filosófica de los jardines, escrita por Santiago Beruete, la siguiente observación. En las sociedades totalitarias esbozadas en las distopías que abundan en nuestra era, el poder desdeña y desconfía, por alguna extraña razón, de los árboles, de las plantas, de los bosques, de las flores y de toda la espontánea y exuberante naturaleza que habita más allá, afuera de sus perímetros físicos y espirituales, lejos de su razón utilitaria, gris y dominadora.

Curiosamente, en las ciudades imaginadas por Zamiátin —considerado el autor de la primera gran novela distópica de la modernidad— y en la Oceanía de Orwell, apenas quedan jardines o parques. En Nosotros, la naturaleza sobrevive al otro lado del Muro Verde, confinada fuera de la ciudad transparente y racional. En 1984, por su parte, los pocos paisajes naturales que aún aparecen (un prado, un árbol, un rincón del campo) irrumpen como fugaces vestigios de un mundo anterior al Partido, breves promesas de intimidad y de libertad que el poder jamás consigue domesticar del todo, pero que están plagados de micrófonos secretos para espiar a las personas.

En Un mundo feliz, de Huxley, aunque la naturaleza no desaparece del todo, es vaciada de significado. Los niños son condicionados para no amar el campo ni las flores, pues un paseo entre árboles no produce consumo ni fortalece la maquinaria económica. Y en Fahrenheit 451, de Bradbury, el bosque deja de ser un espacio cotidiano para convertirse en el último refugio de quienes aún conservan la memoria, la palabra, la libertad. En todas estas obras el jardín deja de representar la vida buena para convertirse, con su ausencia, en un síntoma elocuente con el que se señala «la desnaturalización de las sociedades, junto con su agobiante organización y su inhumanidad».

No deja de ser revelador. Si, al menos hasta cierto punto, la utopía nació para imaginar un mundo mejor que el realmente existente, la distopía surgió por su parte para advertir que los sueños de perfección también pueden desembocar en pesadillas. Allí donde la utopía confía en la posibilidad de una sociedad más justa y feliz, la distopía recuerda los peligros de una sociedad uniformada y programada en la que sus protagonistas no luchan por conquistar un paraíso, sino por conservar aquello que los hace únicos frente al poder.

Mientras las utopías renacentistas —Utopía, La ciudad del Sol o La Nueva Atlántida— lo convirtieron al jardín en un símbolo de la vida buena y de un mundo reconciliado consigo mismo, muchas de las distopías modernas prácticamente lo han hecho desaparecer en tanto que su ausencia expresa, como decimos, la consumación de un mundo donde ya no queda lugar para el azar, la contemplación, el ocio desinteresado, ni la libertad orgánica de la naturaleza.

Un jardín, al fin y al cabo, no representa únicamente un conjunto de árboles, flores o senderos. Representa un modo de habitar el mundo, un lugar donde la contemplación prevalece sobre la utilidad y donde la naturaleza recuerda que existe un orden, un refugio que ningún poder consigue dominar por completo. En últimas, todo jardín encierra una pequeña lección filosófica, a saber, que cultivar no consiste tanto en imponer una forma a la realidad como en acompañar un crecimiento cuya lógica nunca nos pertenece por completo. Un crecimiento que, por lo demás, todos deberíamos poder presenciar y experimentar alguna vez en la vida.

No por casualidad, en El gigante egoísta, Wilde retrata un jardín que permanece cautivo del invierno mientras es tratado como una propiedad excluyente por su dueño. Solo cuando este aprende a compartirlo con los niños de la vecindad, el jardín vuelve a florecer. El jardín es allí un símbolo que, amigablemente, señala cómo la belleza no prospera bajo la posesión egoísta, sino bajo la hospitalidad y la mirada común.

Como lo recuerda Beruete, el jardín constituye el espacio utópico por excelencia porque invita a imaginar mundos posibles. Siguiendo una intuición de Northrop Frye que Beruete recupera con acierto, la utopía vale menos por los fines que alcanza que por los horizontes que abre. En ese microcosmos colorido, fragante a veces, rumoroso y silencioso, se esconde como en un portal secreto el infinito macrocosmos.

Antes que un plano para reconstruir el paraíso, el jardín es una escuela de la imaginación, un hogar para aquello que puede ser de muchos modos distintos, de infinitos modos distintos. Porque, en otras palabras, todos los jardines son como un Jardín de senderos que se bifurcan. En efecto, en el célebre cuento de Borges, un antiguo proyecto de construir un jardín que sea una novela infinita (o al revés) termina regalándonos la imagen de un mundo donde el tiempo no avanza en línea recta, sino que se abre —se bifurca— incesantemente en nuevas posibilidades.

Si las utopías hicieron del jardín la imagen de un orden reconciliado y las distopías la de una ausencia asfixiante pero reveladora, Borges («explorando las posibilidades literarias de la metafísica», como decía Bioy Casares) lo convierte en la figura misma del universo: un jardín infinito donde cada sendero permanece abierto y cada posibilidad reclama su lugar.

Como sus bibliotecas, el jardín borgeano es infinito porque ningún recorrido agota sus combinaciones; como sus laberintos, porque no conduce a un único centro, sino que multiplica indefinidamente los caminos del tiempo y del sentido. O en otras palabras, el jardín es acá «una adivinanza, cuyo tema es el tiempo» construida bajo la creencia de que existen «infinitas series de tiempos», como una «red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos».

Hay algunos jardines del mundo donde he dejado una parte del corazón. Un pedazo está en cierto jardín de Manhattan en el que todavía se ven luciérnagas brillar en el verano, otro en el Jardín inglés, de Münich. Uno más está enterrado en los jardines que quedan sobre el río Stour cuando atraviesa Canterbury, y otro en el patio central de cierto monasterio medieval de Catalunya, repleto de las fragancias balsámicas de la lavanda, la salvia, el romero y el tomillo. Y también, cómo no, hay piezas del rompecabezas en los jardines que ha venido sembrando mi madre en la casa de Nomeolvides, en Zapatoca, junto con los que, en sus terrazas, ha cultivado mi padre en Bucaramanga, y a los que tantos pájaros peregrinan cada mañana.

Quizá por todo ello tenía razón el poeta, filósofo y visir del reino taifa de Granada, Semuel ibn Nagrela: «cinco cosas hay que llenan el corazón / de riente gozo y disipan las penas; / una muchacha hermosa, el murmullo de los arroyos, / el vino, la poesía y un jardín».

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