Pensando en la fuerza del baile recuerdo la espléndida descripción que hace Nietzsche en El nacimiento de la tragedia: “Mientras canta y baila, el hombre se revela miembro de una comunidad superior: ha olvidado cómo andar y hablar, y, al bailar, está a punto de volar por los aires. En sus gestos se expresa este hechizo [...] el hombre deja de ser artista, él mismo se convierte en obra de arte...”. (26)
Porque detrás de la oportunidad para Martina está la trayectoria de la maestra Gloria Castro. Egresada de Bellas Artes, con estudios en Praga y un doctorado honoris causa por la Universidad del Valle, es un referente indiscutible del ballet en Colombia. Ella democratizó la danza y abrió oportunidades para jóvenes de todos los estratos sociales. Su libro, Una vida en la danza (2025), es testimonio de ese legado.
Pienso entonces en otras mujeres cercanas. Claudita fue secretaria de la Gobernación durante toda su vida; un día me dijo que si hubiera podido elegir habría sido bailarina. O Marta, quien trabaja en casas de familia y hace dos años se unió a un grupo de zumba, donde descubrió que el baile es su pasión. El mejor despliegue de este talento lo presencié desde pequeña: crecí viendo a mi mamá bailar. En las ferias de los pueblos, cuando bailaba salsa junto a mi hermano Cristian, las personas alrededor se disipaban y hacían un círculo para verlos. Un día entendí que esa es la manera en que gestiona la tristeza y purga el dolor.

La labor de la maestra Gloria Castro cobró más sentido al pensar en ellas. Sin su visión y arduo trabajo la historia de Martina no sería posible. Si ese modelo público se hubiera replicado a tiempo en más rincones del país, quizás mi mamá, Claudita o Marta habrían podido dedicar su vida al baile.
Y así vamos hilando momentos significativos. Evoco con profunda gratitud el día en que mi tía Claudia quiso que conociera el Gran Teatro del Liceu de Barcelona. Asistimos al “52 Concurs Internacional de Cant Francesc Viñas” y, por las lindas sincronías, quedamos al lado de la cantante de ópera Raina Kabaivanska, a quien se le rendía un homenaje y no conocíamos hasta entonces.
No me alcanza el espacio para mencionar a todas las personas que hacen posible estas conexiones. Aquí es cuando le pediría a Jair que por favor me recordara la frase de Borges: “A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos”, para reiterar que los modelos que funcionan merecen replicarse, y que debemos seguir apostando por integrar el arte y las humanidades en nuestra educación y cultura.










