Las ponencias debatidas en el Foro sobre Movilidad, presentadas en el X Open de Ingeniería, confirman la vigencia de la metáfora de la rana que disfruta al ser sumergida en agua tibia, sin advertir que la temperatura va en aumento hasta morir cocinada. Esta alegoría, empleada para describir cómo las personas se adaptan pasivamente a una situación dañina, al punto de que ya podría ser demasiado tarde cuando intenten salir de ella, retrata con exactitud el drama que se vive en el área metropolitana.
Durante años, el deterioro del tráfico motorizado ha avanzado sin reacción efectiva, hasta llegar al borde de la desesperación colectiva.
Que un recorrido de 18 kilómetros entre Bucaramanga y Piedecuesta pueda tardar de dos a cuatro horas —o, en el mejor de los casos, una— es inaceptable. Más grave aún es la resignación de los ciudadanos y la indiferencia de las autoridades.

En todos los niveles del gobierno, desde la propia Presidencia, parece haberse instalado la costumbre de eludir responsabilidades y, a cambio, buscar culpables.
Es cierto que esta arteria involucra competencias compartidas entre INVIAS, el Área Metropolitana de Bucaramanga y tres administraciones locales con visiones dispares.
Pero no es admisible que, por falta de concertación, los intereses de cada entidad y los egos de sus titulares se antepongan al bienestar de miles de personas atrapadas cada día en un desbarajuste vehicular.
Los estrechamientos del perfil vial, las deficiencias en el trazado geométrico, las construcciones ilegales en el aislamiento vial y la carencia de control de tránsito explican los frecuentes accidentes y embotellamientos.
A ello se suman la limitada cultura ciudadana y el desinterés colectivo por exigir soluciones de fondo. Urge que INVIAS atienda los puntos críticos y que los gobernantes locales asuman una gestión coordinada y eficiente. Replantear los carriles, suprimir el espacio ocioso del fallido sistema Metrolínea y habilitar un corredor exclusivo para motocicletas serían medidas de alivio inmediato.
Entretanto, el Anillo Vial Externo, a cargo de la Gobernación, se ha convertido en símbolo del desorden institucional. Contratación temeraria, diseños ausentes, permisos incompletos y nuevos estudios interminables amenazan con perpetuar el despilfarro.
Resulta inadmisible que se haya tolerado la ejecución fragmentada de trabajos sin una continuidad que mejore progresivamente la situación.
Una medida de emergencia, como conectar la vía a Guatiguará con Girón, podría mitigar el colapso de Piedecuesta.
Limitar el alcance del contrato en curso y aplicar con rigor los mecanismos legales para corregir entuertos y enderezar el proyecto en doble calzada es pertinente.
De lo contrario, como la rana, seguiremos adaptándonos al agua que hierve, sin darnos cuenta de que esta circunstancia destruye la productividad regional.











