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Columnistas
Martes 21 de octubre de 2025 - 01:00 AM

El diálogo que no fue

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En la Región Comunera, donde la tierra ha sido testigo de luchas por dignidad y pan, un grupo de personas llegó con la intención de dialogar y construir propuestas. Venían desde distintos rincones, con mochilas llenas de esperanza, flores, peces y tristezas largas, de esas que no caben en los titulares, pero sí en los cantos.

Su presencia, sin embargo, fue interpretada como amenaza. Lo que era un canto y un encuentro fue leído como invasión. Lo que era palabra fue respondido con gritos de rechazo y confrontación, sin escucharse unos a otros. Lo que era derecho fue tratado como delito. El diálogo se rompió sin empezar, como si la sola imagen de la diferencia bastara para levantar muros. La movilización social, legítima y constitucional, se convirtió en sospecha y generó rechazo.

La incomprensión de la protesta no es solo un problema de percepción. Cuando sus motivos no se comunican con claridad, se corre el riesgo de que sea vista como desorden sin propósito. Las autoridades, al desconocer las demandas, no pueden responder ni negociar. Y sin información sobre el alcance o el tipo de movilización, se dificulta garantizar derechos y planificar medidas de protección. No obstante, la falta de claridad no invalida la protesta, pero la debilita. Las autoridades no pueden presumir la malignidad ni alentar el rechazo.

A esto se suma la estigmatización en doble vía. Quienes protestan son tratados como intrusos, y quienes reaccionan con temor son señalados como intolerantes, miembros de extremos opuestos no reconciliables. El posible reconocimiento mutuo como sujetos de derechos se dificulta, y la oportunidad de escuchar las voces silenciadas desaparece.

En otros escenarios, el uso de la protesta como estrategia de presión por parte del propio gobierno ha debilitado su legitimidad. Cuando se convierte en instrumento institucional sin contenido claro, pierde fuerza ética y política, y se confunde con una forma de presión estatal que distorsiona su carácter ciudadano.

En tiempos de polarización, donde la escucha se cierra y la diferencia se convierte en frontera, toda movilización parece sospechosa. Hay quienes llevan su propia flor para mascar, no con consignas vacías. Con propuestas, no imposiciones. La movilización social no es amenaza. Es síntoma, propuesta y resistencia.

Se necesita un diálogo auténtico. Uno que no empiece con prejuicios ni termine en silencios impuestos. Uno que reconozca el dolor sin negarlo, que escuche las voces sin filtrarlas, que permita que las flores, los peces y las tristezas largas tengan lugar en la conversación pública. Porque solo cuando se habla con respeto y se escucha con apertura, la democracia florece en su sentido más profundo: como encuentro entre diferencias que no se temen, sino que se entienden.

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