Falleció en Bogotá Benjamín Ardila Duarte, hecho que arrugó mi espíritu por su perfil intelectual y características humanas. A raíz de su deceso, con nostalgia he vuelto sobre las vivencias y lugares en que compartí con este o aquel de los cuatro Ardila Duarte, aquí, allá.
En los años cincuenta del siglo XX ellos residían cerca del parque Turbay y yo, con timidez infantil y regularidad, atravesaba ese lugar camino de la casa de un miembro de mi familia materna, Alejandro Villalobos Serpa. En tal parque, junto a donde está la estatua de Gabriel Turbay, había matas de bambú y allí ‘reinaban’ Gustavo Ardila y Alonso Rey, quienes cuando me veían gozaban advirtiéndome que era la última vez que me dejaban pasar por ese sitio. Yo, niño ingenuo, opté por dar un rodeo para evitar el parque.
En 1957, ingresé a estudiar al colegio San Pedro Claver y en los recreos veía a Jorge y Gustavo Ardila, quienes llevaban algunos años estudiando allí. Jorge, fraternal, ‘Gustavín’, volador sin palo, tomador de pelo, repentista, grato.
Tempranamente la vida puso ante mí momentos difíciles y en 1959, estaba en Bogotá, estrenándome como interno de un colegio capitalino. En un recreo, a mi espalda alguien me preguntó si todavía pasaba por el parque Turbay y al voltear y mirar, vi a Jorge Ardila quien cursaba allí quinto de bachillerato. Desde ese día, pese a la diferencia de edades, labré una entrañable amistad con él, en vacaciones coincidíamos en San Gil, en Bucaramanga; más adelante, cuando él estudiaba Economía, nos encontrábamos en la carrera séptima y “tinteabamos”. Jorge falleció prematuramente. Fui testigo de su vida de adolescente, de estudiante, de sus trajines políticos.
A mediados de los años sesenta del siglo XX entré a estudiar Derecho en el Externado de Colombia y allí cursaba tercer año de esa carrera Gustavo Ardila, con quien hice fraterna amistad, aliñada por su sentido del humor, chascarrillos, mordacidad, amor por el Atlético Bucaramanga. Hace algunos años falleció.
En los años 70 del siglo XX me radiqué en Bucaramanga y compartí con el menor de ellos, Rafael, quien desarrollaba su actividad como empresario, directivo gremial y directivo universitario. Fuimos amigos. Desafortunadamente falleció en la pandemia. De su abuelo materno, don Salustiano Duarte, sacó buena “tajada” de los genes de negociante que tenía, el humor del abuelo Duarte fue para ‘Gustavín’.

En mi adultez, fui amigo de Benjamín, el mayor de ellos, abogado, quien fue subdirector de Vanguardia, brilló intelectualmente, fue columnista de varios periódicos, académico, grato contertulio, infatigable lector. Su ausencia da morriña.
¡Qué placentera fue la amistad de los cuatro Ardila Duarte!











