Gustavo Petro prometió que el turismo sería “el nuevo petróleo”. Hoy, ese sueño está muerto en Santander. Y no murió por causas naturales: lo mató el propio Gobierno con abandono, improvisación e indiferencia. En Santander no necesitamos discursos ecológicos desde un atril. Necesitamos vías para que la gente llegue, para que los productos salgan y para que el turismo exista.
Desde el 31 de octubre de este año, la Ruta 45A Bucaramanga–Bogotá y la Transversal del Carare, corredores estratégicos para el país, colapsaron con hundimientos, derrumbes y cierre total del tránsito vehicular. Comunidades enteras quedaron aisladas mientras el Gobierno Nacional brilló por su ausencia. Los únicos que reaccionaron fueron los habitantes, obligados a abrir pasos improvisados con retroexcavadoras prestadas para permitir el tránsito de ambulancias y alimentos. En un país serio, esto sería un escándalo nacional. En Colombia, es un martes cualquiera.
La contradicción del discurso presidencial resulta difícil de justificar. Petro habla de turismo sostenible y de “Colombia potencia de vida”, pero ¿cómo espera que llegue un turista si ni siquiera se garantiza que llegue una ambulancia? El turismo en Colombia “no es accesible, no es seguro, no está planificado y no tiene recursos”.
Y esa afirmación coincide exactamente con lo que ocurre en Santander. La realidad no es ecológica, es geológica: las vías están en el piso. La carretera a Bogotá moviliza más de 9.000 vehículos diarios de carga y pasajeros. Una tutela reciente señala que más de 60.000 pasajeros diarios se ven afectados. En otras palabras, se interrumpió el derecho básico a la movilidad regional.
Lo más indignante es que el dinero sí estaba. La ley obliga a que el recaudo de peajes se reinvierta exclusivamente en las mismas vías donde se genera. Pero en Santander los peajes recaudaron, el Gobierno cobró… y la carretera se derrumbó. En la práctica, los peajes se convirtieron en un impuesto disfrazado.
Mientras tanto, países que sí entienden la relación entre infraestructura y turismo actúan en consecuencia. España destina inversión constante a su red vial y el turismo aporta más del 12% del PIB. En Colombia apenas llega al 2,3%, pero Petro insiste en que será la locomotora del país. ¿Locomotora? Tal vez, pero descarrilada y sepultada bajo un derrumbe en Oiba.
Y aún falta el golpe final: Santander fue excluido del CONPES de infraestructura. El documento que define las inversiones estratégicas de la próxima década no incluyó una sola obra para el departamento.
Por eso este Gobierno ya no puede hablar de turismo. No tiene autoridad moral. Porque el turismo no se decreta, no se anuncia, no se tuitea. El turismo se construye con vías, con infraestructura, con presencia estatal.












