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Domingo 16 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

El collar de arepas

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Hace 32 años, Willy Peña y yo, nos fuimos en un avión de Avianca para Barranquilla con el único objetivo de transmitir el partido entre Junior y América que se iba a jugar el domingo 19 de diciembre de 1993, en el estadio Roberto Meléndez. Recuerdo que había vuelo directo desde nuestra ciudad hasta ‘La Arenosa’; cuando el avión sobrevoló la Sierra Nevada -que por aquellos años tenía nieve en sus picos Colón y Bolívar- el hijo de doña Eugenia me dijo en su acento semi costeño: “viejo Pipe, mañana vamos a ver cipote juego, vengo preparado porque vamos a transmitir el mejor partido de la historia”. Me quedé callado y mientras observaba la majestuosidad de nuestra sierra bordeada por un cielo azul, una de las azafatas dijo por el altoparlante: “abrochen el cinturón, mantengan el respaldo de su asiento en posición vertical y prepárense que vamos a aterrizar en el Aeropuerto Internacional Ernesto Cortissoz de Soledad que presta sus servicios a la ciudad de Barranquilla”.

Yo iba feliz porque ‘Quiquía’, mi abuela, me estaba esperando con un café con leche, bollo limpio y unos huevos fritos que debían estar blanditos. Iría con seguridad a ver a mi abuelo Sixto quien, sin dudarlo, algo me diría del Junior y la tropa que comandaba el gran Julio Comesaña; el Cumbión, canción compuesta por Juan Piña, sonaba en todos los picós y el ‘viejo Willy’ se entretuvo viendo ese espectáculo por la ventanilla del taxi. La mamá de mi mamá no nos dejó quedar en el hotel que nos había asignado la cadena Caracol y nos hospedamos en su penthouse desde donde se divisaba el río Magdalena. Lo vi de un color marrón que no me gustó; estaba enfurecido, pero los tiburones asomaban sus fauces en Bocas de Ceniza. Al día siguiente se definía el torneo más disputado hasta entonces; cuatro equipos tenían la posibilidad de ser campeones, pero solamente el Junior contaba con la más clara opción: ganaba y celebraba su tercera estrella.

Hace 32 años, los equipos tenían tremendas nóminas: la del DIM era comandada por un genio con el balón como la ‘Gambeta’ Estrada; en Nacional, Alexis García y Aristizábal aportaban fútbol y goles. El América tenía al portero de la selección Colombia: Óscar Córdoba y a nadie más y nadie menos que a Freddy Rincón. Los dirigía el doctor Maturana, ¡casi nadie! El Junior tenía una orquesta: Valderrama sonaba la flauta, Grau ajustaba el acordeón y entre Pacheco, Valenciano y ‘Niche’ Guerrero cantaban goles de lo lindo. Fue un domingo de película, con final de infarto; Oswaldo Mackenzie hizo un gol inolvidable y cuando los del Medellín tenían puesto su collar de arepas, llegó de atrás ‘El nene’ Mackenzie y los dejó viendo un chispero. Willy Peña casi se ahoga narrando ese gol, el calor era sofocante, la tensión electrizó el estadio; al terminar mi comentario, el esposo de Rosa María me dijo: “esta mondá se va a caer”.

32 años después se repite por un lado el cuadrangular en el Grupo A; las nóminas son diferentes, ni punto de comparación entre los jugadores de aquella época y los del presente. Ya los ‘especialistas’ le dicen a este grupo: ‘el grupo de la muerte’. Como si no bastara con lo que sucede en este país. En el otro cuadrangular está el Bucaramanga, junto a Santa Fe -campeón vigente-, el Deportes Tolima, equipo fuerte y acostumbrado desde hace un par de décadas a este tipo de finales y los ‘Amix’ de Fortaleza. Su juventud y buen juego los distingue. A todos hay que mirarlos con respeto; unos porque tienen historia y muchos títulos encima; a otros por su coraje, táctica y rebeldía a la hora de encarar los partidos. A los tres se les ganó como local, los resultados como visitante variaron. Todos arrancan con el taxímetro en cero; el Bucaramanga debe volver a ajustar su defensa porque en dos partidos como visitante le empujaron seis; además, no hay que ponerse el collar de arepas todavía, ¡acuérdense del Medellín!

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