Es diciembre, época de fiestas y reuniones familiares. En la mayoría de casas, diciembre también tiene una expectativa clara: que no haya “peleas” ni discusiones.
El subtexto es también conocido, aunque no siempre explícito: que las dinámicas familiares, sin importar si son saludables o no, se mantengan intactas.
Por eso, a veces, esa “armonía” tiene un costo muy alto. Porque, aunque no siempre seamos conscientes —o quizás precisamente por eso—, en su nombre se naturalizan y reproducen conductas y actitudes que pueden resultar dolorosas, problemáticas e incluso violentas.
En muchas mesas decembrinas, la pareja de una hija lesbiana se sigue presentando como “la amiga”. No por mala intención, sino por temor a incomodar, por el “qué va a decir la abuela”, o simplemente por no saber cómo nombrar esa realidad que siempre ha estado ahí con la condición de que no se nombre.
En otros casos, son los comentarios sobre el cuerpo y el peso, y la vigilancia sobre la cantidad de comida que las personas, sobre todo las mujeres, consumen.
También están las preguntas sobre la presencia o ausencia de novios, maridos o hijos, con frecuencia seguidas de comentarios como “por andar trabajando tanto te va a dejar el tren”; y por supuesto, los chistes con contenido racista, sexista u homofóbico, seguidos casi siempre de advertencias a quienes están dispuestos a señalar dichos comportamientos: “no armes problema”, “no exageres”, “tú sabes que él es así”, “es diciembre”.
El problema, pareciera, no es el comentario, sino haberlo señalado.
Pero celebrar no debería significar aguantar.
Por eso, este diciembre les invito a que nos preguntemos: ¿A quiénes in/excluye nuestra idea de familia? ¿le pedimos silencio a quienes señalan el problema en vez de exigir respeto a quienes lo ocasionan?
Tal vez las fiestas serían muy distintas si acogemos a nuestros familiares por quienes son y no por qué tanto se ajustan a nuestros modelos de relaciones, cuerpo o éxito; si cultivamos la capacidad de respetarnos desde esas diferencias; y si, en lugar de temerle a la incomodidad, celebramos la diversidad que hace a nuestras familias maravillosas y caóticamente únicas.











