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Viernes 23 de enero de 2026 - 01:00 AM

Economía entre claroscuro

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Cada inicio de año trae consigo una tentación. Como un ritual inevitable, insistimos en anticipar el rumbo de la economía aun cuando sabemos que este ejercicio suele ser castigado por los dioses. Evitarlo sería más costoso que intentarlo. Pensar el año que comienza permite ordenar expectativas y, sobre todo, reconocer sus límites.

El 2026 se perfila como un año de crecimiento global moderado. El Fondo Monetario Internacional estima una expansión cercana al 3,2 por ciento. No es una cifra alentadora, más bien describe un mundo que avanza con cautela. Persisten las tensiones energéticas, las presiones inflacionarias que aún no desaparecen del todo y una normalización lenta de las tasas de interés que condicionan la inversión.

El comercio internacional refleja este clima de incertidumbre. Las proyecciones más optimistas apenas alcanzan un crecimiento de medio punto porcentual, derivado del debilitamiento del multilateralismo que caracterizó el final del siglo pasado y los primeros años de este. La rivalidad entre Estados Unidos y China se expresa hoy en negociaciones bilaterales, no en grandes acuerdos de cooperación. Esta pelea de tiburones acelera la fragmentación del orden económico internacional y reemplaza los marcos de reglas compartidas por acuerdos caso a caso.

Paradójicamente, son las propias reglas escritas y promovidas durante décadas por Estados Unidos las que hoy se desvanecen ante la dificultad de sostener su liderazgo. Aranceles, sanciones y decisiones unilaterales se han convertido en herramientas de la política económica y reconfiguran profundamente las cadenas globales de valor.

En medio de este escenario complejo, América Latina, como es de costumbre, vuelve a oscilar entre la fragilidad y la oportunidad. Su proyección de crecimiento se sitúa entre 2,2 y 2,4 por ciento. Los desafíos son los de siempre. Baja productividad, inversión y ahorro insuficientes, rezago tecnológico y debilidades institucionales. A ello se suma la presión fiscal que reduce el margen de maniobra para políticas contracíclicas.

Sin embargo, la región vuelve a captar la atención por razones estructurales que trascienden la coyuntura. Energía, alimentos, minerales críticos, servicios ambientales y una proximidad estratégica a grandes mercados la colocan nuevamente en una posición relevante. La cuestión no es si existe una oportunidad sobre la faz de la tierra, sino si los gobiernos cuentan con la capacidad institucional y política para convertir ese potencial en desarrollo.

Al parecer, hacer predicciones económicas, aunque sea un ejercicio repetido, no gana mayor certeza con la práctica. Funciona únicamente cuando el mundo es estable, aplacible y avanza casi por inercia. Hoy no es ese el caso. Navegamos en la incertidumbre, en un tiempo que se asemeja al descrito por el filósofo italiano Antonio Gramsci: “el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos”

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