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Jueves 05 de febrero de 2026 - 01:00 AM

¿Hace cuánto no escribe con un lápiz?

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¿Se ha preguntado hace cuánto no escribe? No mensajes, no correos de trámite, no respuestas rápidas. Escribir de verdad. Sentarse frente a una hoja y avanzar renglón por renglón. ¿Cuántas páginas escribió la última semana? ¿Cuándo fue la última vez que tuvo tiempo para eso? Y, sobre todo, ¿por qué ya no lo hace?

La mayoría de personas dejó de escribir sin anunciarlo. No hubo una decisión consciente. Simplemente pasó. La escritura fue desplazada por la urgencia, por la opinión inmediata, por la necesidad de responder antes de pensar. Nunca se había escrito tanto en pantallas y tan poco con un lápiz.

Escribir no vuelve la vida más amable ni es una terapia. Lo que sí hace es detener el flujo de ideas dispersas y obligar a escoger. Elegir una palabra implica descartar otras; elegir una idea supone renunciar a varias. Ese ejercicio, silencioso y exigente, fuerza a la mente a seleccionar y dar forma. Al escribir, el pensamiento adquiere inicio, desarrollo y cierre, aunque sea precario. Lo escrito se vuelve visible y, por tanto, manejable. Escribir convierte el pensamiento en objeto: se puede mirar, corregir, resaltar y tachar. Lo que queda afuera deja de ocupar espacio.

Los estudios de James Pennebaker muestran que escribir ayuda a dar estructura al pensamiento: poner orden donde hay confusión, distinguir lo importante de lo accesorio y entender mejor lo que se vive al ponerlo en palabras.

Hay, además, una razón menos citada y más evidente: escribir entrena la atención. Exige permanencia, continuidad, cierta fidelidad a una idea. En una época dominada por estímulos breves y respuestas inmediatas, esa capacidad se ha hecho ausente.

Tal vez por eso algunas de las escuelas más exigentes, especialmente aquellas a las que asisten los hijos de quienes crearon el mundo digital, han decidido limitar el uso temprano de pantallas y volver a la escritura a mano. No es una postura anti-tecnológica. Es una decisión pedagógica clara: antes de aprender a usar herramientas, hay que aprender a pensar con rigor.

No todo lo que se escribe está hecho para circular. Hay textos que existen solo para quien los escribe: para aclarar una idea o definir una decisión. Esa escritura privada cumple una función real y no debería desaparecer.

El punto no es escribir más, sino no abandonar la escritura a mano. Cuando se pierde ese hábito, se pierde la capacidad de pensar con claridad, de sostener una idea de principio a fin y de razonar sin depender de fuentes externas. Eso tiene efectos claros en la universidad, en la docencia y en la vida profesional. Tomar un lápiz y escribir sigue siendo una de las formas eficaces de pensar con lucidez.

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