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Sábado 07 de febrero de 2026 - 01:00 AM

Del algoritmo a la inteligencia artesanal

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La inteligencia artificial ha empezado a generar un fenómeno profundamente revelador entre millones de usuarios de plataformas como Instagram: el dilema de seguir o no seguir. No por falta de contenidos, sino por exceso de ellos. Un exceso tan pulcro, tan perfecto, tan matemáticamente impecable, que empieza a despertar sospecha. La proliferación de imágenes fijas y videos creados total o parcialmente con IA ha inundado los feeds con escenas absolutamente irreales, pero verosímiles ante la mirada desprevenida de millones de usuarios que ya no se preguntan si algo ocurrió, sino si podría haber ocurrido.

Durante años, ilustradores, fotógrafos y realizadores audiovisuales dedicaron horas, días y a veces décadas a perfeccionar su oficio. La composición, la luz, el encuadre... Hoy, ese esfuerzo puede verse opacado por un prompt bien redactado por alguien que ni necesita saber de fotografía, pero que entrega una imagen perfecta: sin mácula.

Y ahí aparecen preguntas incómodas: ¿la IA está borrando las barreras entre el artista y el usuario medianamente competente de una herramienta? Porque una cosa es producir belleza y otra muy distinta es crear sentido.

En esta frontera difusa entre lo real, lo fantástico y lo falso, muchos comienzan a desencantarse. El algoritmo ya no sorprende; abruma. La sospecha se convierte en hábito: ¿esto pasó de verdad? ¿este creador hizo algo o solo pidió que algo se hiciera? En ese contexto, la decisión de seguir o dejar de seguir a un creador de contenidos se vuelve un acto de resistencia frente a la saturación de lo artificial.

La imperfección empieza a certificar la veracidad. Una sombra mal puesta, una textura irregular, un encuadre ligeramente torcido, un error humano visible se convierten en señales de autenticidad. En tiempos de hiperperfección digital, lo inacabado, lo artesanal y lo imprevisible recuperan valor.

Al conversar con Juan Carlos Gutiérrez, el nuevo director de Vanguardia, sobre sus planes para el medio. Hablamos, entre otras cosas, del e-Paper (una versión digital que conserva la diagramación del periódico impreso). En mi modesta opinión, ese será un producto de nicho que podría adquirir un valor enorme en el futuro. Cuando los grandes tirajes impresos desaparezcan por los altos costos de las rotativas, emergerá un tipo de usuario —tal vez hipster, tal vez simplemente cansado de las pantallas— que quiera sentir el periódico como objeto para el tacto, impreso bajo demanda, disfrutar el fetiche de la mancha de tinta en los dedos y el ritual pausado de la lectura.

Tal vez, en ese tránsito, muchos pasen del uso y abuso de la IA al goce de la ‘inteligencia artesanal’. No todo lo valioso se mide en velocidad, eficiencia o perfección. Algunas cosas —las que más nos conectan con lo que somos— necesitan tiempo, texturas y errores. Y, sobre todo, humanidad.

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