La palabra “idiota” proviene de la antigua Grecia y originalmente no tenía una connotación ofensiva ni estaba asociada a una supuesta ausencia de inteligencia. Se utilizaba para describir a quien se mantenía al margen de la vida pública, ya que esto era sinónimo de ignorancia, falta de educación y abandono del deber. Los griegos valoraban la participación cívica; por ende, quienes no contribuían en los debates sobre lo público eran considerados inútiles o idiotas.
Siglos después, del otro lado del litoral, en Colombia nos alistamos para la recta final de las campañas electorales legislativas. Como cada cuatrienio, reaparecen promesas de “renovación”, “cambio” y “prosperidad” que, al menos en los últimos años, no se han traducido en resultados tangibles para la región. Santander y su área metropolitana atraviesan un momento complejo; sin embargo, es un error reducir las problemáticas en materia de infraestructura vial departamental, movilidad metropolitana e inseguridad, responsabilizando exclusivamente a los profesionales de la política que, en últimas, llegan a gobernar y legislar gracias a nuestro voto.
Más allá de los estudios académicos existentes sobre cultura política, es evidente que el ciudadano promedio se ha ido desconectando progresivamente de la vida pública. La participación se concentra casi exclusivamente en eventos de alta carga emocional y polarizante, como las elecciones presidenciales, mientras que los procesos legislativos, locales y de control ciudadano quedan relegados a un segundo plano.
Según Bucaramanga Cómo Vamos, la participación en actividades comunitarias es muy baja, principalmente por la desconfianza en las instituciones, la percepción de altos niveles de corrupción, las ofertas programáticas de baja calidad y la ausencia de resultados concretos en favor de la ciudadanía. En la región, apenas alrededor de 5 de cada 10 ciudadanos habilitados ejercen su derecho al voto. En otras palabras, las decisiones estructurales quedan en manos de la mitad del electorado, en un contexto donde persisten prácticas como el clientelismo y las maquinarias políticas. Entonces, ¿Quién decide por nosotros?
El escenario que vivimos no es casualidad. El clientelismo, la polarización permanente, el hiperindividualismo y el cotilleo degradan el ejercicio de la política. Es necesario cambiar el paradigma, venciendo la indiferencia con participación en la toma de decisiones y la fiscalización de cómo se invierten nuestros impuestos desde el barrio, la comuna y la ciudad, exigiendo mejores propuestas a nuestros candidatos, que nos representen con altura, y respondiendo en las urnas el próximo 8 de marzo con un voto a conciencia.
“El peor analfabeto es el analfabeto político. Él no oye, no habla ni participa en los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pescado, de la harina, del alquiler, del calzado y de las medicinas dependen de las decisiones políticas”. Bertolt Brecht, dramaturgo alemán.












