Hablar hoy de un dólar por debajo de $3.000 suena utópico. Pero no necesariamente lo es. Y si ocurriera, todos nos ajustaríamos para un nuevo equilibrio económico.
La discusión no es si el dólar puede bajar. Es, qué tendría que pasar para que bajara… y si eso sería, en realidad, una señal de que estamos haciendo las cosas bien.
El dólar no es una emoción colectiva. Es una consecuencia estructural.
Hubo una época en la que estuvo entre $1.800 y $2.000. Coincidieron estabilidad jurídica, disciplina fiscal, fuerte inversión extranjera, materias primas altas y un mundo con liquidez abundante. Colombia redujo su prima de riesgo y entraron más dólares de los que salían. La moneda se fortaleció porque el país se fortaleció.
Hoy partimos de un piso más alto: mayor deuda, déficit exigente y dependencia de financiamiento externo. Pero los pisos estructurales no son eternos.
Imaginemos un escenario 2027–2028 con Estados Unidos pos-globalización fortaleciendo importaciones con aliados regionales como México y Colombia; invirtiendo en Latinoamérica (según Trump, USD 100.000 millones en Venezuela); la FED bajando tasas; una nueva era de materias primas fuertes; y una economía venezolana recuperando producción y demandando nuevamente alrededor de USD 5.000 millones en exportaciones colombianas. Si acompañamos ese contexto con reglas estables, disciplina fiscal creíble, infraestructura ejecutada y energía competitiva, el flujo cambiario evoluciona.

Además, el rezago acumulado en salud, vivienda, infraestructura, energía, agricultura y educación, es una oportunidad para inversión privada extranjera, en sectores que inevitablemente deberán expandirse para responder a una nueva dinámica de crecimiento.
Y cuando entran más dólares de los que salen, el peso se aprecia.
Muchos ven el dólar alto como protección. Pero un dólar persistentemente elevado suele ser síntoma de desequilibrio: prima de riesgo alta, baja productividad o incertidumbre fiscal. En cambio, un dólar entre $2.500 y $2.999 reflejaría una economía más balanceada: menor costo de deuda externa, menor presión inflacionaria, insumos importados más económicos, tasas más bajas y mayor inversión extranjera.
No es emoción. Es estructura.
Para que ocurra se necesitaría regla fiscal cumplida, deuda descendente, exportaciones no mineras creciendo, recuperación comercial con Venezuela y Estados Unidos y estabilidad institucional. Es exigente, sí. Pero posible. Y más aún, probable si se alinean los incentivos correctos.
Y si sucede, el mensaje sería poderoso: el mundo vuelve a confiar en Colombia. Con alta probabilidad estaríamos hablando de inflación controlada, crecimiento por encima de la media regional y generación histórica de empleo formal.
Suena utópico, lo sé. Pero también lo parecía hace veinte años. Tal fue el dilema que, en una conversación con un amigo empresario, el debate terminó en una apuesta: si el dólar rompe los $3.000, él paga un viaje a Europa.
Espero estar disfrutando el viaje en 2028.










