Nadie le enseña a la nueva generación un hecho básico sobre nuestra ciudad: que tiene patrones celestiales. Solo detenga a un joven en la calle y pregúntele: ¿quién es el santo patrón de Bucaramanga? Agregue otra pregunta: ¿cuál es la advocación de la virgen María que sirve como santa patrona a esta misma ciudad? La historia de la adopción de Nuestra Señora de Chiquinquirá como patrona tiene una historia lógica, pero hoy solo hablaré de nuestro santo patrón.
San Laureano fue un arzobispo de Sevilla durante la época de los reyes visigodos. Se enfrentó a la herejía que propagaba el teólogo Alejandrino Arrio, adversa al dogma de la Santísima Trinidad. Perseguido por su posición, un ángel le indicó que fuese al lugar donde sería martirizado. Allí un verdugo le cortó la cabeza con un cuchillo. Milagrosamente, se levantó con su cabeza en sus manos para indicar a sus verdugos que la entregaron a los canónigos de Sevilla. En la última capilla de la nave derecha de su catedral está hoy, junto a un monumental retablo de madera policromada. La talla del santo sostiene un cuchillo y en la parte superior está tallada la escena de la decapitación.
La información disponible indica que la adopción bumanguesa se debe al presbítero Adriano González de Busto, el cura del pueblo de indios que estuvo en la transición a la parroquia de blancos en 1779. Maestro en teología del Colegio Mayor de San Bartolomé, debió admirar la gesta del mártir sevillano, ejemplo para curas defensores de los dogmas de la Santa Sede. Nuestro cronista local, José Joaquín García, registró la presencia de una pequeña imagen quiteña del santo, policromada, en la iglesia parroquial, quizás con el cuchillo en la mano, que el comején debió destruir. El cuadro que lo representa hoy en este templo es inútil y feo, sin los símbolos básicos de su existencia: la palma del martirio y el instrumento que causó su muerte. ¿A quién le importan hoy los santos patronos? A nadie, si juzgamos por los jóvenes desorientados que hoy prefieren imitar la moda de identificarse con los animales. ¡Chite!











