Escondida estaba en su hacienda El Hatillo cuando su amigo Pedro Agustín Vargas, que la traicionó, fue a buscarla con un pelotón español y allí la capturó junto con su hermano menor, Santiago, y su sobrina Helena Santos Rosillo. Ah, y dos esclavas. Fueron trasladados a Socorro, donde fue fusilada a los 37 años, el 28 de julio de 1819. María Antonia Santos Plata, colaboradora de la guerrilla de Coromoro que comandaban su hermano, Fernando Santos Plata, José Gabriel Tobar, Camilo Gaona y otros. Eran los últimos días del imperio español sobre estas colonias.
Hija de Pedro Santos Meneses y Petronila Plata Rodríguez. En El Hatillo pasó su infancia y juventud. Era la mayor de sus hermanos y su época era una época de rebeldía contra el gobierno español, donde se formaron guerrillas integradas por habitantes de Socorro, Vélez, Zapatoca, Guapotá, La Aguada, Oiba, Chima, Aratoca, Guadalupe, Simacota, Onzaga, Coromoro, El Hatillo y otros lugares. La guerrilla de Coromoro o de Santos fue la “primera que se organizó en la Provincia de Socorro” para “luchar contra los españoles”. Ella la organizó y financió y su centro de actividades era la hacienda El Hatillo, donde fue, como dijimos, capturada. Fusilada, vendada, en una esquina de la plaza del Socorro, allí cayó la heroína.
Todo esto es porque nadie, ni los Santos políticos, Eduardo Santos, Santos Vargas, Juan Manuel Santos, Francisco “Pachito” Santos, ni los gobiernos nacionales, ni departamentales, ni menos los municipales, impidieron la destrucción y saqueo de la histórica hacienda de la prócer, que hubiera sido un gran museo (Villa de Leyva tiene 9 museos, le gana a Bucaramanga).
Se llevaron hasta las tejas, las piedras de las columnas, también las columnas, los pisos, y la llenaron de agujeros buscando “dizque inmensos tesoros”. Quedó como la luna, ahora que la van a visitar otra vez los norteamericanos. Fue como un propósito: olvidar y destruir la memoria de María Antonia Santos.
Nadie se acuerda de su cabeza doblada en la esquina de la plaza, mientras rodaba su sangre por sus ropas y llegaba a las piedras de la calle en un silencio profundo. De la hacienda no quedan sino viejas fotografías, como un palacio olvidado por el tiempo. El olvido total y el desprecio.
El olvido en Santander también viene para ese prócer que fue derrotado junto con Francisco de Paula Santander en la Batalla de Cachirí. Allí, en ese páramo, quedaron olvidados los mil soldados caídos. Sus lamentos se escuchan en las noches de luna llena, quejándose de su olvido.
Así, la casa del prócer Custodio García Rovira, a pesar del “alto riesgo de colapso y abandono” y a pesar de haber sido declarada Monumento Nacional en 1966, sigue en su esquina olvidada. Nadie reclama, y nadie, ni autoridad civil ni cívica, vela por ella. Excepto Rainer Céspedes.











