En buena parte de occidente la separación entre la fe y el Estado parecía un logro consolidado: como la potabilización del agua o el derecho al voto. Pero desde la segunda década de este siglo, una andanada de nacionalismos religiosos y populismos providencialistas volvió a entronizar lo sagrado en los púlpitos del poder.
Hay ahora en Estados Unidos una agenda que incluye restricciones de libros en colegios públicos, recorte de derechos reproductivos y directrices federales para promover la oración en escuelas etc. Todo muy siglo XII, pero con mejores efectos especiales. Y el culmen, por ahora, que enmarca en molde dorado ese fresco medieval, es el anuncio del Presidente Trump de que el 17 de mayo reunirá a los estadounidenses en el National Mall para, en sus palabras, consagrar a Estados Unidos como una sola nación a Dios.
Harari lo advierte con claridad quirúrgica en su capítulo sobre laicismo en 21 lecciones para el siglo XXI. En el centro del laicismo está la verdad, entendida como aquella que “se basa en la evidencia y no en la simple fe”. Y advierte: las personas “motivadas por la obediencia, no por la compasión”, son quienes ante una orden supuestamente divina de matar, no dudarían. La médula del pensamiento laico no es la negación de la fe; es en cambio la negativa a entregarse al dogma como razón pública. Una democracia que confunde la fe con la ley no es más religiosa; simplemente es menos democrática.
Y entonces, ¿cómo no mirar a Margaret Atwood como una especie de bruja visionaria? La canadiense publicó El cuento de la criada en 1985 y lleva décadas oyendo que su creación era una distopía exagerada. Hoy Atwood podría enviar la factura de sus derechos de autor al Partido Republicano. Verla convertida en profeta involuntaria del presente, tiene algo de irónico y mucho de escalofriante.
En ese pantano de moralismo recalentado aparecen, sin embargo, figuras como James Talarico, representante demócrata de Texas, exmaestro, graduado de Harvard Divinity School y uno de esos raros políticos capaces de hablar de justicia social en términos de fe, sin que suene a manipulación ni a mitin evangélico. Talarico critica el cristianismo nacionalista, defiende la educación pública y el acceso a la salud con un lenguaje moral que tiende puentes donde otros construyen trincheras. En este loco ambiente de biblias usadas como garrotes, Talarico recuerda que la espiritualidad también puede ser una brújula hacia la equidad, en vez de una hechicería para el control. Una figura refrescante, y por eso mismo, probablemente destinada a incomodar a todos por igual, y que daría un toque elegante a un debate ya muy rebajado.










