En las últimas semanas hemos visto manifestaciones legítimas de preocupación en distintos municipios del país. El paro campesino por el incremento en el impuesto predial y casos como el de Barichara, donde se reclama con urgencia la actualización del Esquema de Ordenamiento Territorial, ponen sobre la mesa una discusión que va mucho más allá de lo fiscal. Lo que realmente está en juego es la forma en que estamos organizando el territorio y, en consecuencia, las oportunidades de desarrollo que somos capaces de construir.
Durante años, los EOT han sido percibidos como instrumentos técnicos lejanos a la realidad de las comunidades. Documentos extensos, difíciles de entender y, en muchos casos, desactualizados. Sin embargo, es necesario cambiar esa mirada. Los EOT son herramientas efectivas para organizar el territorio con criterios de sostenibilidad, productividad y resiliencia, y debemos asumirlos como el punto de partida de una estrategia de desarrollo.
En esa lógica, el agua debe ocupar un lugar central y no puede seguir siendo tratada como un elemento sectorial, sino como un determinante estructural del territorio que debe orientar las decisiones sobre el uso del suelo. Cuando la planificación se construye a partir de la disponibilidad, la calidad y la dinámica del recurso hídrico, se reducen las tensiones entre el crecimiento urbano, la producción agrícola y la conservación ambiental. El resultado es un territorio mejor organizado y con menos conflictos por el uso del agua.
Esta aproximación también permite gestionar el recurso hídrico a la escala correcta. Incorporar la lógica de cuenca hidrográfica supera la fragmentación administrativa y abre la puerta a una planificación coherente con los sistemas naturales. Los problemas del agua no reconocen límites políticos y, por lo tanto, su solución exige coordinación entre municipios y una visión territorial más amplia.
Adicionalmente, integrar el agua en la planificación permite anticipar riesgos asociados a la variabilidad climática y tomar decisiones más informadas sobre dónde y cómo se debe desarrollar el territorio. Esto se traduce en una reducción de pérdidas económicas y en una mayor protección para las comunidades más vulnerables.
Un EOT bien concebido mejora la calidad de las decisiones públicas porque obliga a articular información, reduce la discrecionalidad y fortalece la gobernanza. En lugar de improvisar, permite planificar con criterio técnico y visión de largo plazo.
La conclusión es clara. Ordenar el territorio alrededor del agua es una decisión de desarrollo que puede marcar la diferencia entre territorios estancados y territorios capaces de construir un futuro más próspero, competitivo y sostenible. La pregunta es si somos capaces de articular los esfuerzos entre las entidades territoriales, el sector privado y la comunidad para que agua y territorio se desarrollen de la mano, utilizando como insumo un nuevo EOT.












