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Domingo 26 de abril de 2026 - 01:00 AM

“Le debo todo a este señor”

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Hay historias que no empiezan con reflectores, sino con polvo en los botines y sueños que pesan más que cualquier marcador. La de Aldair Yesid Gutiérrez Toncel es una de esas. Una historia que no se cuenta con estadísticas frías, sino con los latidos de un acordeón en Valledupar, su ciudad natal. Latidos, con madrugones y con ese rumor silencioso que acompaña a los que se niegan a rendirse en las polvorientas canchas de barrio, donde la pelota no siempre rueda pareja y el arco a veces es un par de piedras mal puestas, Aldair comenzó a escribir su destino. Ahí, entre risas, raspaduras y partidos interminables, ‘Alda’ entendió que el fútbol no era solo un juego: era una forma de vivir, de resistir, de creer. Porque cuando el balón tocaba sus guayos, el mundo giraba de otra manera.

Mientras algunos soñaban, él entrenaba y viajaba a Barranquilla o a cualquier ciudad del país para insistir con una pasión que lleva en la sangre desde niño. Cada entrenamiento era una batalla silenciosa contra el cansancio. Porque en el fútbol colombiano, se respira la pasión en cada esquina; con su talento entendió que lo que marca la diferencia es el carácter. Y Aldair lo tenía. Lo fue construyendo con el tiempo, con cada “no” que recibió, con cada oportunidad que parecía escaparse. Porque el camino del futbolista no es una línea recta: es una montaña rusa donde la fe suele ser el único sostén. Su llegada al Atlético Bucaramanga no fue un golpe de suerte. Fue la consecuencia de entender que cada minuto en la cancha es un examen, una oportunidad para demostrar que pertenece a ese lugar. Aquí, vestido de amarillo, empezó a escribir nuevos capítulos al lado de su papá en el fútbol: Rafael Edgar Dudamel Ochoa.

El estadio Alfonso López o el Américo Montanini con energía propia, se convirtió en testigo de su crecimiento. No es fácil jugar en Bucaramanga. La hinchada exige, vibra, siente. Pero también reconoce al que se entrega. Y Aldair entendió rápido que en esta plaza no bastaba con jugar bien: había que dejar el alma. Su estilo refleja esa esencia. No es solo técnica o velocidad; es intensidad con alegría y compromiso con un plantel que arropó a este muchacho de sonrisa a ‘muela pelá’ quien conquistaba corazones. Además, su saque de banda que más parece un centro con la mano, nos hizo recordar a otro lateral nuestro: Alexander Churio. Pero más allá del jugador, ¡está la persona!

A Aldair lo conocí una mañana de agosto de 2024, dos meses después del título. Ese día, en el Hotel Holiday Inn también conocí a Sambueza, quien se sentó a mi lado; a Leo Flóres, a ‘La Troza Inés’ como le digo cariñosamente a Hinestroza y pude darles un abrazo. Las cosas cambiaron con el paso del tiempo: ahora los saludo con un tierno beso y un interminable abrazo. Tal vez tenga la edad para ser el padre de uno de estos muchachos, ¡seguro! Pero con Aldair Gutiérrez hay algo especial. Me identifico con su alegría, siempre está muerto de risa, bromeando; agradeciéndole a la vida y a esta ciudad lo que le ha brindado: ¡Cariño!

No recuerdo bien si antes o después de ganar el título, Aldair y Dudamel asistieron a una rueda de prensa y ahí, el lateral derecho le agradeció todo a “este señor”. Se refería al coronel Dudamel quien fue su padre putativo, en el Cali y en el Atlético Bucaramanga. Cené con Aldair en Santander Burger Bar hace una semana; hace tres días salía de cine con mi señora y me lo volví a encontrar junto a su bella esposa y a su hija, que viene en camino. Nos volvimos a abrazar y en nombre de la amorosa hinchada del Bucaramanga, le presenté disculpas por unas amenazas que no fueron nuestras. Aldair, sonrió como siempre y me dijo: “Tranquilo papá, no hay nada que perdonar, yo los quiero mucho”. ¡Nosotros también! Nunca lo olvides, querido Aldair Gutiérrez.

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