Si la conciencia social prevaleciera sobre los gritos, las disputas en materia política hoy no se centrarían en demostrar quién lleva más gente a una manifestación pública, sino en revelar con naturalidad por quién estarían dispuestos a votar aquellos que se reúnen en la tienda de un barrio.
Decir que el dinero y las presiones políticas no tienen influencia alguna en esas afluencias de personas, es engañar a la campaña misma, porque las personas que asisten son las primeras en contar quién las obligó a ir. El corazón del votante que no habla, el que no contesta una encuesta, el que no tiene la necesidad de conservar su contrato complaciendo al jefe comprando gorras y camisetas para que no se lo liquide, es el que sale el domingo a cambiar la historia del país. A ese es al que hay que salir a buscar, para que en medio de una conversación, y con argumentos, se le pueda convencer de votar por quien le dé a Colombia un rumbo diferente al que ha tenido los últimos cuatro años.
Pero como ese ejercicio no genera el show que algunos necesitan para mostrarse en redes sociales, están dejando a la suerte lo que es importante. La cuestión no es cuántas ciudades visita el candidato, sino cuántos apóstoles de ese candidato están recorriendo pueblo por pueblo, parque por parque y tienda por tienda, ganándose el cariño y el fervor de la gente.

Eso es lo que marca la diferencia, y aún hay tiempo para salir a conquistar con la palabra, no con chivas pagadas con gente del Cauca en sus asientos, ni con políticos que ni se saben los nombres de los municipios que dicen representar. Salir con la convicción de acabar con el desastre que se carga a cuestas sin haber tenido el merecimiento para tener que soportarlo.
La campaña no se gana en las plazas, se gana con la gente y la gran mayoría aún está a la espera de una buena razón para entregar su voto por alguien. Bájense de la tarima y vayan a dársela.










